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jueves, 15 de octubre de 2020

Adelanto de "Marc, el último terrícola: Regreso al pasado

Para celebrar que está terminada la primera revisión (por lo que aún queda al menos otra, así que disculpad si hay alguna errata), un adelanto del primer capítulo de "Marc, el último terrícola: Regreso al pasado", libro con el que se cierra la trilogía del último terrícola.

Venga, al turrón:



CAPÍTULO 1


La ciudadela de Venhart era un lugar a todas luces terrorífico. Lo era cuando fue construido y lo siguió siendo durante los siguientes siglos. El dackhariano era un pueblo duro que trataba con dureza a sus enemigos, ya fueran externos o internos, y la ciudadela era buena prueba de ello. Allí cumplían inhumanas penas de trabajos forzados todo tipo de rebeldes y disidentes, y se decía que quien era enviado a sus minas no volvía a ver la luz natural jamás. Sin embargo, todo ese horror no tenía cabida en el palacio imperial, residencia oficial del emperador Rosenstock.
En el palacio imperial abundaban los jardines, todas sus estancias eran tan amplias como luminosas, y pese a que los dackharianos eran por lo general un pueblo austero, allí dentro estaban permitidos todo tipo de lujos y extravagancias. Al fin y al cabo, aquel lugar era también un símbolo de la riqueza y el poder de su propietario. 
Sin embargo, pese a ser un lugar elegante, donde hasta el más humilde de los criados tenía que guardar una férrea disciplina, un comportamiento ejemplar y un conocimiento perfecto del protocolo, había una persona a la que, por cuestiones de edad, se le perdonaba cuando no cumplía con exactitud las formas… al menos mientras su madre no estuviera presente. 
Aquella persona era la princesa Gretchen, única hija y heredera del emperador Rosenstock. Con sólo siete años, su mayor afición cuando sus profesores le daban un respiro de su educación como futura emperatriz del planeta, y cuando la agenda oficial de su padre se lo permitía, era corretear por los jardines y jugar con los cientos de juguetes que tenía dispersos por todo el palacio imperial. 
Aquella mañana, debido a que todavía seguía convaleciente después de pasarse casi una semana enferma, no tuvo que asistir a ninguna clase, y como ya había recuperado casi todas sus fuerzas no consintió quedarse encerrada ni un día más, de modo que con su juguete favorito en las manos se lanzó a la aventura. 
—No te alejes demasiado —le advirtió una de sus niñeras—. ¡Y nada de jugar en las fuentes, o volverás a enfermar! Como te mojes la ropa se lo diré a tu madre. 
Gretch arrugó la nariz al ver parte de sus planes frustrados, pero no se dejó desanimar, y con la réplica del destructor espacial Leviatán que le acababan de regalar en las manos echó a correr sobre la hierba. Aquel juguete le encantaba porque era una réplica a escala del destructor más importante de la flota de Dackhara, que fue construido tan sólo hacía unos meses. Cuando toda la familia participó en el vuelo inaugural, su tío Steffan le dijo que cuando fuera mayor esa nave sería suya, y desde entonces no dejaba de dar la lata a todo el mundo con el que en el futuro sería su destructor espacial particular. Tanto fue así que alguien consideró adecuado regalarle la réplica, que además de ser idéntico al original, pero mucho más pequeño, flotaba en el aire cuando lo lanzabas con la suficiente fuerza. 
Imaginando que volaba en él y visitaba planetas desconocidos acabó por llegar al porche del despacho de su padre, en la otra ala del palacio. Allí el emperador Rosenstock se reunía casi a diario con sus subordinados para tratar temas políticos y militares, de modo que le tenían prohibido rondar por la zona, que además estaba bien vigilada por la guardia personal de la familia. 
Consciente de que se había alejado más de lo que la niñera le dijo, y que no debía estar allí, agarró su juguete y se dispuso a marcharse en otra dirección. Sin embargo, cuando volvió a meterse entre las plantas escuchó las voces de dos personas que parecían estar discutiendo cerca de la fuente, y con curiosidad se acercó a ellas. 
En efecto, ambos se encontraban junto a una de las fuentes del jardín, no muy lejos de la residencia pero sí fuera de las miradas de los vigilantes. Eran un hombre delgado de pelo negro y una mujer con el pelo color del bronce, como el suyo; sin embargo, ninguno de los dos vestía con uniformes de la guardia o del personal del palacio, y tenían un objeto muy brillante en las manos, por el que parecían estar peleando. 
—Te digo que hemos llegado demasiado pronto —decía la chica tratando de apropiarse de la especie de esfera de luz por la que discutían. 
—Eso no lo sabemos, ¡suelta eso, Des! —replicó él dándole un tirón, pero sin lograr quitársela—. ¡Por el gran Dackhar! ¿Por qué siempre quieres tener razón? 
—La pregunta correcta es por qué siempre tengo razón, y la respuesta es que soy más lista que tú —dijo ella, a la que el otro había llamado Des. 
—Ya te gustaría… 
Gretch, con tanta sorpresa como curiosidad por aquella inusual escena, se quedó mirándolos mientras forcejeaban, hasta que en un momento dado la chica dio un tirón tan fuerte que le arrancó al hombre la esfera de las manos, pero del impulso se giró, y ambas quedaron cara a cara. 
—Oh, eso no tenía que pasar —murmuró el chico al reparar en ella también. Gretch seguía demasiado sorprendida para reaccionar. 
—¡Te dije que habíamos llegado demasiado pronto! —le espetó Des lanzándole la esfera brillante a las manos, él la agarró y enseguida comenzó a tocar algo en su superficie—. ¡Más te vale que se acuerde de esto, porque si no…! ¿Te quieres dar prisa con eso? 
—¡Estoy en ello! —gruñó el chico. 
—Tú no vayas a decir nada de que nos has visto aquí, ¿vale? —le pidió la chica, que luego le guiñó un ojo—. ¿Te das prisa con eso, Ker? 
—Ya está. 
—¿Gretch? —la llamó una voz a su espalda, y por instinto volvió la vista, pero entonces frente a ella se produjo un potente destello, y cuando miró hacia la fuente de nuevo no había ni rastro ni del chico ni de la chica. Eso la dejó boquiabierta, porque por esa zona la vegetación del jardín no era tan densa como para que nadie pudiera esconderse, y ambos desaparecieron como si se los hubiera tragado un agujero negro. 
Una figura alta llegó a su lado y la agarró del hombro. Asustada se volvió hacia ella, pero sólo se trataba de la persona que la llamó. 
—Hola, tío Steffan —dijo. 
—¿Qué haces aquí, niña? —inquirió Steffan Jakor Rosenstock, que vestido con su uniforme militar y sus galardones debía venir de una reunión con el padre de Gretch—. ¿Qué ha sido esa luz…? ¡Ah! Estás jugando con tu destructor. 
—¡No! —exclamó ella negando con la cabeza—. ¡No he sido yo, tío Steffan! ¡Había dos personas, ahí, junto a la fuente! Pero han desaparecido. 
—¿Dos personas? —replicó él, que echó un vistazo en todas direcciones—. Aquí no hay nadie, Gretch. ¿Seguro que no te lo has imaginado? 
La mera pregunta le resultó ofensiva, ¡por supuesto que no lo había imaginado! Sin embargo, su tío se limitó a agacharse a su lado y a coger el brazalete médico que llevaba puesto en la muñeca. 
—Todavía tienes un poco de fiebre —afirmó tras examinarlo—. Se acabó jugar por el momento, niña. Tienes que descansar, o tu madre se enfadará. En cuatro días será la celebración por el aniversario de la colonización, y la futura emperatriz de Dackhara no puede perdérselo por haberse puesto mala jugando en la fuente. 
—Pero… —fue a protestar mientras su tío la llevaba de vuelta con la niñera. Aun así, no pudo evitar volver la vista hacia el lugar donde esa pareja tan rara había desaparecido, y por última vez se preguntó quienes podían ser. 
Aquella tarde tuvo una leve recaída en su enfermedad, y con la atención médica, y la correspondiente reprimenda que le cayó por parte de su madre, olvidó para siempre lo que había visto. 

***** 

—Sólo digo que esperaba mucho más de un campo de asteroides —murmuró la doctora Meena Vólkor, geóloga de profesión y exploradora por vocación. 
Xolani Lindgren, capitán de la Intrépida, puso los ojos en blanco y resopló con paciencia. Traer personal poco habituado a las condiciones de los viajes espaciales fue una decisión que día tras día lamentaba más, pero seguía siendo una tripulación más barata que otra más experta, y en un negocio tan sujeto a la suerte como la exploración espacial a veces había que correr ciertos riesgos. Como el riesgo que los llevó a las regiones más remotas y desconocidas del espacio en busca del valioso iridio. 
La gente común solía tener una imagen distorsionada de un explorador espacial. La mayoría los veían como una especie de intrépidos aventureros que se jugaban la vida luchando contra las condiciones más adversas del espacio exterior, y a peligros tales como piratas, exploradores rivales o incluso cosas aún desconocidas por la humanidad que podían esconderse en lo más profundo del cosmos… poco sabían que el verdadero riesgo del explorador en realidad era no encontrar el iridio que creía ir a encontrar. 
Salvo que fueras patrocinado por una compañía importante, una expedición espacial conllevaba unos gastos que el explorador tenía que pagar de su bolsillo. Si ésta acababa por ser un fracaso, no sólo sería el hazmerreír del gremio, sino que podría dejarlo en una situación financiera muy delicada. 
El capitán Lindgren cargaba en sus espaldas y su reputación el peso de tres expediciones fracasadas, y por eso tuvo que servirse de una tripulación que no era la ideal para la que podría ser su última oportunidad de evitar la bancarrota. 
—No sé cómo le enseñaron que eran los campos de asteroides, pero la mayoría son así —respondió Lindgren señalando al paisaje que se podía contemplar desde el cristal del puente de mando de la nave. En su mayor parte era espacio vacío, y sólo una enorme roca flotante de aspecto prometedor estaba lo bastante cerca como para ser tenida en cuenta—. Espacio vació, y nada más. La distancia entre asteroides es tal que podría pilotar esta nave con los ojos cerrados sin peligro de chocar contra nada. 
—Ya lo sé —respondió la doctora Vólkor—. Pero, aun así, es decepcionante. 
Lindgren gruñó por lo bajo. En cierto modo podía entender las ansias de aventura de la doctora. Llevaban dos semanas encerrados en la nave con el resto de la tripulación, sin hacer nada más que poner a punto los instrumentos que podían necesitar y pasar el rato con los simuladores de realidad virtual. Se suponía que la vida del explorador estaba llena de emociones, no de rutina. 
—Esperemos que ese amiguito no sea también decepcionante —dijo mirando con ansiedad al asteroide que flotaba frente a ellos. Todas las lecturas indicaban que podía contener una buena cantidad de iridio. Si era verdad, y pronto lo comprobarían, tal vez todos salieran de pobres—. ¡Piloto, comience maniobra de aproximación! 
—Por fin… —murmuró Vólkor cuando la Intrépida empezó a acercarse a la enorme roca flotante y gris. Aunque aún estaban lejos, las marcas de impactos de asteroides más pequeños eran bien visibles—. Por su aspecto, yo diría que está compuesto en su mayor parte por silicatos. 
—Tenga preparados los equipos, doctora —le indicó Lindgren—. Usted viene conmigo a la superficie. 
—¿A la superficie? —replicó ella, de repente alarmada—. ¿Es… es necesario? 
—Sí —afirmo con rotundidad—. Si hay un solo gramo de Iridio en ese asteroide quiero saberlo, y la mejor forma de comprobarlo es desde la propia superficie. ¿A qué espera? Vaya a prepararlo todo. 
—Muy bien, capitán —respondió antes de salir del puente de mando. 
Sus ansias de aventura parecían haber desaparecido de repente, pero no fue algo que Lindgren fuera a tener en cuenta. Ahí abajo, tras una aburrida y probablemente dura capa de silicatos, podía encontrarse un yacimiento que lo convirtiera en el próximo Kassian Gavrel. Él no se compraría una mansión con vistas en Solarian, pero pagaría sus deudas, limpiaría su reputación y, con suerte, podría comprar una pequeña mansión en algún planeta más barato, como Nibiru. 
La maniobra de aterrizaje llevó unos minutos y no tuvo demasiadas complicaciones porque el asteroide era lo bastante grande como para tener su propia gravedad, y la nave podía anclarse a su superficie sin que surgieran problemas. Del mismo modo podrían caminar por él, y no saldrían despedidos flotando por el espacio al primer salto… aunque no iba a arriesgarse saltando demasiado alto. 
—Todo listo, capitán —informó el piloto—. Pueden bajar cuando quieran. ¿Cree que saldremos ricos de esta roca gigante? 
Ahora lo veremos —respondió antes de poner en marcha el comunicador—. Doctora, ¿está lista? 
—El equipo sí, yo no lo tengo tan claro, la verdad —dijo ella—. Esto no será peligroso, ¿verdad? 
—No más que navegar por un campo de asteroides de los que usted esperaba —contestó—. Prepárese, me reuniré con usted en un minuto. 
Vestidos ambos con un traje espacial, a través de la bodega de carga de la nave descargaron el instrumental que Vólkor iba a necesitar para realizar las lecturas correspondientes de la composición del asteroide. Desde la superficie aquel objeto astronómico parecía todavía más vació y desolado, pero aquellas cosas nunca se caracterizaron por ser ricas en vida. 
—De acuerdo, tenemos doscientos grados negativos a la sombra y energía para una hora de perforaciones —dijo una vez la maquinaria estuvo colocada en la rocosa superficie del asteroide—. Cuando quiera, doctora. 
—Muy bien —asintió ésta, que hizo un intento de limpiarse el sudor de la frente fruto del esfuerzo de bajar la perforadora desde la nave. Se dio cuenta de que la escafandra le impedía realizar aquel gesto demasiado tarde como para disimularlo y que pareciera cualquier otra cosa, consiguiendo así que Lindgren volviera a poner los ojos en blanco—. Eh… vale, vamos allá. 
Tras tocar unos cuantos botones y ajustar los parámetros a las condiciones de la roca, la máquina comenzó a perforar y tomar lecturas de lo que se escondía tras esa gruesa capa de silicatos. 
—De acuerdo, en unos minutos deberíamos empezar a tener resultados precisos —dijo la doctora, que suspiró aliviada y sonrió—. Pensaba que esto sería más complicado, pero está yendo bastante bien, ¿verdad? 
—No nos alegremos demasiado rápido —replicó Lindgren—. Veamos qué resultados nos ofrece ese aparato suyo antes de celebrar nada. 
La doctora torció el gesto y centró su atención en los resultados que la máquina iba proporcionándole, al tiempo que se aseguraba de que la perforación se producía de la manera correcta. Xolani Lindgren, sin embargo, se alejó caminando unos pasos y contempló el inmenso vacío que se extendía más allá de donde le alcanzaba la vista. Al hacerlo, no pudo evitar que una sonrisa se le escapara. 
—Doctora, venga aquí un momento —le pidió a Vólkor, y ella, un poco confundida, se acercó. Al verlo mirando al horizonte ella lo hizo también. 
—¿Va todo bien, capitán? —inquirió. 
—Sí, todo va bien, pero mire esto —dijo extendiendo una mano para mostrárselo—. Ahora mismo nos encontramos en los límites de lo conocido, doctora. Lo que estamos mirando, esa inmensa negrura que puede esconder millones de secretos, es un territorio que la humanidad no ha pisado jamás, que no aparece en ninguna carta de navegación y que nunca nadie ha visto como nosotros estamos viendo en este instante. ¿No le parece impresionante? 
—Sí que lo es —tuvo que reconocer ella, observando ahora esa negrura con renovada admiración—. Quién sabe qué secretos se esconderán en todos esos planetas, estrellas y… eh… ¿qué es eso? 
—¿El qué? —preguntó Lindgren buscando con la mirada. 
—Esa cosa blanca que se acerca tan rápido —señaló Vólkor con el dedo. 
—¡Oh, mierda! —masculló por lo bajo cuando lo localizó. Algo se acercaba a una velocidad inconcebiblemente rápida hacia ellos, y todo indicaba que iba a colisionar en cuestión de unos segundos—. ¡A la nave! ¡Ya! 
Aunque ambos echaron a correr lo más rápido que la escasa gravedad les permitía, Lindgren sabía muy bien que era una pérdida de tiempo. El objeto, fuera lo que fuera, iba demasiado rápido, y no les iba a dar tiempo a llegar… sólo él podía tener tan mala suerte de aterrizar en un asteroide que estaba a punto de colisionar con otro. 
—¡No vamos a conseguirlo! —gritó la doctora al borde de las lágrimas mientras se esforzaba por correr todo lo que podía. 
—¡Sólo un poco más! —dijo él, pese a todo. 
—¿Capitán? ¿Me escucha? —se comunicó el piloto, y al mismo tiempo la nave puso los motores en marcha y comenzó a elevarse—. ¿Han visto eso? Lo siento pero no hay tiempo… yo me largo. 
—¡No, espera! —chilló Vólkor estirando una impotente mano hacia una nave que estaba decidida a abandonarlos—. ¡No! 
No tuvieron más tiempo de lamentarse por su suerte porque aquel objeto acabó por alcanzarlos… pero, en contra de lo esperado, no chocó contra el asteroide, sino que pasó sobre él moviéndose a tal velocidad que costaba seguirlo con la mirada. Aun así, consiguieron hacerlo, y enseguida se dieron cuenta de que aquello surgido del espacio profundo no tenía nada de asteroide. 
—Ca… capitán, ¿ha visto…? —balbuceó la anonadada doctora—. ¿Eso era…? 
—Una nave espacial, sí —afirmó él también boquiabierto. Blanca, y ovalada como el huevo de un pájaro, no se parecía a ninguna nave que hubiera visto nunca, y el hecho de que no la detectaran antes de verla también era muy significativo—. Una nave desconocida venida de una zona inexplorada del espacio. 
—¡Era una nave fantasma! —exclamó Vólkor asustada—. ¡He oído hablar de ellas! Los pilotos veteranos dicen que a veces se las ve en las zonas más inhóspitas del espacio. ¡Son reales! 
—No diga tonterías —replicó Lindgren. Sólo le faltaba para terminar de hundir su reputación que su tripulación fuera por ahí contando historias de naves fantasma—. Seguramente será algún prototipo militar que está probando el gobierno de una de las colonias lejos de la vista de la gente. Lo mejor que podemos hacer es olvidar que la hemos visto. 
—Pero… —fue a protestar la doctora, sin embargo, el capitán no se lo permitió. 
—¡Olvide lo que ha visto! —le advirtió—. Todavía tenemos que averiguar si este asteroide esconde iridio en su interior… ah, mire, por ahí vuelve ese piloto cobarde. A ver qué cara pone cuando sepa que acaba de quedarse sin la mitad de sus beneficios por la espantada de antes. 

***** 

En sus ochenta años de vida, Iskandar Ronstadt, “Iskar” para sus amigos, había vivido muchas situaciones dramáticas. Como exiliado dackhariano cuando el emperador Rosenstock tomó el poder conoció los horrores de la guerra, también la tragedia que suponía ser un refugiado político en un planeta como Nueva Tierra, que miraba a los dackharianos con desconfianza… pero nada de eso se podía comparar a lo que tuvo que vivir en la ya conocida como “rebelión de los androides”, sucedida dos años atrás. 
Las consecuencias de aquella corta pero intensa rebelión todavía eran bien visibles en las calles de la ciudad de Europa. No sólo no había plaza que no contara con un pequeño memorial en recuerdo de las víctimas que dejó aquel acontecimiento, sino que el número de pintadas llamando a quitarse los chips cerebrales se podían ver en prácticamente cada hueco vacío de las fachadas de los edificios. 
Iskar sintió un escalofrió cuando se encontró una de ellas de camino a su tienda, pues le recordaban demasiado a lo que los jóvenes de su planeta gritaban en las calles durante la revolución que le entregó el poder absoluto a Rosenstock. Pero si había una constante en la historia de la humanidad era la falta de memoria, y sin duda quienes hacían esas pintadas no habían vivido lo suficiente como para recordar aquellos tiempos, que de todas formas sucedieron en un planeta muy lejano de allí. 
Además, tampoco se podía decir que no tuvieran parte de razón: esos chips estuvieron a punto de aniquilarlos a todos, y no sólo en Nueva Tierra y Vega III, donde la rebelión logró extenderse, sino a toda la raza humana. Era cuanto menos curioso que aquello se lograra evitar gracias a, entre otros, Gretchen Rosenstock, hija del depuesto emperador, y una banda de dackharianos rebeldes. Como exiliado, nunca pensó que esa clase de gente sería la que un día le salvaría la vida. 
—El destino siempre logra sorprenderte —murmuró para sí mismo antes de introducirse en la calle principal. Desde ella tenía unas vistas privilegiadas de la antena de comunicaciones superlumínicas, una kilométrica antena que fue destruida durante la rebelión y que, debido a su tamaño y complejidad, dos años después de destruirla todavía estaban reparando. 
—¿Diecisiete días? Imposible, no les va a dar tiempo a tener toda la estructura lista —comentaba un anciano que, sentado en un banco de la calle junto con otro anciano, observaba con mucho interés las labores de construcción. Aunque la antena se encontraba a varios kilómetros de distancia, gracias a sus dimensiones era perfectamente visible desde allí. 
—Mi yerno trabaja en control climático, y me ha contado que les han prohibido las lluvias en esta zona hasta dentro de diecisiete días —afirmó el otro anciano—. Ése es el tiempo que tienen para completar la estructura, porque tras un mes sin lluvia no creo que puedan alargarlo más tiempo. La última vez que hicieron algo así provocaron una tormenta eléctrica tal que causó más daños de los que querían reparar. 
—Harán una chapuza que luego tendrán que reparar a los dos días —intervino un tercer hombre, que en realidad era un androide, y que se unió de buena gana a la discusión—. Así malgastan el dinero público… 
Iskar no sabía qué tenían las obras que atraían la atención de viejos y androides de aquella manera, pero él tampoco era nadie para juzgar las aficiones de los demás cuando la suya era mucho más excéntrica. 
Desde bien pequeño siempre le gustaron las antigüedades. Dackhara no era conocida por sus museos, pero los pocos que había los visitó en su juventud infinidad de veces. Sin embargo, su mayor afición era sin duda la arqueología digital. Desde que la humanidad aprendió a registrar digitalmente audio e imagen, había más de un milenio de información sobre la vida, costumbres, creencias, música, películas y cultura en general de su raza del que disfrutar flotando en la Telaraña. 
Aunque el lugar para alguien como él sin duda habría sido el planeta Atenea, tuvo la suerte de poder abrir un pequeño establecimiento donde recopilar todos esos fragmentos de historia y compartirlos con quienes valoraban su afición. No era un negocio que dejara mucho dinero, pero tras vivir las miserias de la guerra, Iskar era un hombre que se conformaba con poco. 
—Buenos días —lo saludó uno de sus clientes habituales, el androide Russell MQ-2, cuando llegó a la entrada de su establecimiento. 
—Buenos días, Russell —lo saludó él también—. Has venido pronto hoy. 
—En realidad, tú has venido treinta segundos tarde —señaló el androide—. Yo estaba aquí a la hora exacta en que se supone que abres la tienda. 
—Mil perdones —dijo. Era absurdo discutir con un androide sobre puntualidad. Estaba en su programación ser unos intolerantes con los retrasos tanto como estaba en el ADN humano llegar a los sitios cuando les diera la gana—. Me he entretenido mirando la reconstrucción de la antena… debo estar haciéndome viejo. 
—¡Oh! Yo también he estado un par de horas echando un vistazo —afirmó Russell con entusiasmo—. Al menos hasta que un grupo de indeseables me ha echado de allí lanzándome piedras. 
Iskar torció el gesto al tiempo que abría las puertas de su tienda. Habían pasado dos años, pero todavía quedaban personas resentidas que no perdonaban a los androides lo que hicieron entonces… poco les importaba a esos indeseables que sus mentes estuvieran siendo controladas, algunos sólo buscaban en la vida algo a lo que odiar. 
—Pasa —le ofreció una vez abrió la tienda. Como establecimiento era más bien tirando a pequeño, y no especialmente llamativo, pero tampoco lo buscaba. El suyo era un negocio austero, no apto para el gran público y que tampoco necesitaba de una gran infraestructura. Con una buena base de datos y terminales donde bucear entre un milenio de archivos antiguos era más que suficiente—. ¿Buscabas algo en particular hoy, o sólo vienes a curiosear, como siempre? 
—En realidad sí buscaba algo —dijo el androide—. Cantos de ballena. 
—¿Ballena? —replicó sorprendido—. ¿Esos animales marinos enormes de la antigua Tierra? ¿Por qué? 
—Curiosidad —respondió Russell encogiéndose de hombros—. ¿Sabías que había cantos de ballena grabados en los discos de oro de las sondas Voyager? Quiero saber cómo sonaban. 
—Está bien, ya sabes dónde está todo —le ofreció al tiempo que él se dirigía al mostrador—. Por cierto, anoche conseguí una recopilación de música del siglo XXIII. Dicen que es la mejor música que se ha compuesto jamás. 
—¿Música de la edad de oro de la humanidad? Interesante… —valoró el androide—. Eso es lo que siempre admiraré de vuestra raza: después de tres siglos de horrores, de repente, y sin que nadie pudiera verlo venir, el siglo XXIII. Llevando a cabo tareas rutinarias y calculando estadísticas sois pésimos, pero dándole la vuelta a las situaciones no hay androide que os gane. 
—Alguna virtud teníamos que tener —dijo Iskar, y entonces volvió la vista hacia la puerta porque alguien acababa de atravesarla. 
Los clientes no eran muy habituales en su establecimiento porque casi todo el mundo contactaba con él a través de la Telaraña, así que le extrañó ve a alguien entrar a primera hora. Aquel hombre, sin embargo, no parecía alguien interesado por las antigüedades digitales, sino más bien un tipo que había bebido de más y no era capaz de encontrar el camino de vuelta a casa. 
Desaliñado, con una descuidada barba negra, ojeras, aspecto abatido y una pesada mochila cargada a la espalda, se acercó al mostrado casi tambaleándose mientras tanto Iskar como Russell le observaban con desconfianza. 
—¿En qué puedo ayudarle? —le preguntó una vez lo tuvo enfrente. La pregunta le pareció más que adecuada, porque aquel individuo tenía aspecto de necesitar toda la ayuda posible. 
—Quería todo lo que haya sacado David Bowie desde el año dos mil dieciséis —le pidió aquel hombre con voz cansada mientras se colocaba bien la correa de la mochila. Por qué alguien querría castigar su espalda con un artilugio semejante era algo que Iskar no podía entender, pero a su tienda solían acudir personas que gustaban de artefactos anticuados—. He buscado, pero no encuentro nada más a partir de ese año. 
—Deje que eche un vistazo —contestó, e inmediatamente comenzó a navegar en su base de datos. Remontarse a una época tan antigua era complicado; mucho de lo que había entonces se perdió para siempre, pero en su mayor parte eran vídeos tontos sin valor alguno que la historia tampoco iba a echar de menos—. Vaya, me temo que no hay nada más. Ese tal David Bowie murió en dos mil dieciséis. 
Durante unos segundos aquel extraño hombre no dijo nada, como si la noticia lo hubiera dejado en shock. 
—Oh… genial —dijo al cabo de unos interminables segundos—. Gracias de todas formas. 
Tal y como llegó se marchó, a paso lento, como si el peso de la vida pudiera con él, y de nuevo tanto Russell como Iskar se quedaron mirándolo hasta que salió de la tienda y se perdió de vista, pero en esta ocasión el androide lo hizo boquiabierto. 
—¿Sabes quién era ése? —le preguntó a Iskar lanzándose hacia el mostrador. 
—¿Quién? —inquirió él con curiosidad. 
—¡Era él! ¡El último terrícola! —exclamó Russell. 
—¡Vamos anda! —se burló Iskar—. ¿Me estás diciendo que el último terrícola, el hombre más buscado por las siete colonias, se ha presentado en mi tienda preguntando por música de hace…? 
El androide alzó las cejas, y al darse cuenta de la conexión por fin, Iskar quedó tan boquiabierto como el propio Russell. Sin mediar palabra, ambos corrieron hacia el escaparate de la tienda para intentar localizarlo, pero ya era demasiado tarde, y para cuando llegaron, el último terrícola se había perdido de vista mezclándose entre el gentío. 
—¿De verdad crees que era él? —preguntó Iskar todavía buscándolo con la mirada. 
—Estoy seguro de que lo era, sí —contestó Russell. 
—Pues, si lo era, no tenía muy buen aspecto —dijo—. Me pregunto qué le habrá pasado para acabar así…

lunes, 19 de febrero de 2018

Primer capítulo completo de "Nuestro peor enemigo II: Dávila"


Avance del primer capítulo de Nuestro Peor Enemigo, Parte 1.


DÁVILA

 

La tos hizo que despertara minutos antes de las primeras luces del amanecer. Por supuesto, el tabaco tenía la culpa, pero jamás la había sufrido hasta que los zombis aparecieron en el mundo. Tal vez fuera cosa de la mala alimentación y el estrés sufridos antes de asentarme, o tal vez me estuviera creciendo un tumor en los pulmones, qué cojones sabía yo. La cuestión era que no creía ser ya tan mayor como para empezar con esa clase de mierdas.
Fuera como fuera, lo primero que me apeteció al despertar fue fumarme un cigarro, de modo que salí de la cama, cogí la cajetilla de la mesita de noche, el mechero, y me acerqué a la ventana para encenderme uno. Loreto seguía durmiendo como una bendita en la cama, y no quería molestarla con el humo. Como por las noches hacía calor, estaba medio destapada y con buena parte de su cuerpo desnudo a la vista. Después del meneo que me había dado la noche anterior, no me extrañaba que necesitara descansar… para tener aspecto de ser una mosquita muerta, había que reconocerle que era muy capaz en aquellos sórdidos asuntos.
Eché un vistazo a las partes de su cuerpo expuestas, pero ni con el último polvo en mente ni con la visión de una joven desnuda durmiendo en mi cama conseguí una erección mañanera. Aquella era otra de las cosas que el paso del tiempo me había ido arrebatando poco a poco.
—Pues que te jodan —murmuré para mí mismo mientras me encendía el cigarro, aunque no sin cierto pesar. Loreto valía su peso en oro tanto como administradora de la comunidad como en la cama, y era un desperdicio no sacarle el máximo rendimiento en ambos campos.
A veces me preguntaba qué hacía una chica como ella, casi quince años más joven, guapa y capaz, con un tipo que se despertaba tosiendo y con más ganas de fumar que de echar un polvo mañanero. La respuesta no podía ser otra que la maldita erótica del poder.
Tenía demasiado comprobado que ser quien daba las órdenes resultaba algo irresistible para más mujeres de lo que jamás me atreví a imaginar. Ya me lo habían advertido compañeros de partido cuando sólo era un concejal más en el ayuntamiento de León, pero no los creí; aquello me parecía más una fantasía sacada de alguna película porno que algo real… inocente de mí. Si lo hubiera creído, a lo mejor habría estado más prevenido cuando empezaron a afectarme las primeras manifestaciones.
Acostarte con tu secretaria puede sonar a cliché, pero hacerlo te convierte en un hijo de puta cuando estás casado y tienes dos hijos. Siempre creí que era la clase de persona que no se dejaba seducir por esas cosas, que era un marido fiel y buen padre; pero una noche trabajáis hasta tarde por cualquier motivo, y cuando te quieres dar cuenta la tienes sentada a horcajadas encima, jadeando, con tu cara metida entre sus tetas y el coño tan húmedo como a tu mujer hace años que no se le pone cuando tenéis sexo… y entonces ya es tarde, has cruzado una frontera de la que ya no hay vuelta atrás, y como consecuencia tu vida cambia para siempre.
Di otra calada al cigarro mientras reflexionaba sobre ello. Habría sido muy fácil echar la culpa a la erótica del poder; a fin de cuentas, la mujer desnuda en mi cama era la prueba del poder de ésta, y si quería una prueba más tenía a Íngrid, otra chica más joven que yo, más guapa que yo y sin duda mejor persona que yo que también cayó presa de ese instinto primordial que las lleva a querer copular con el macho alfa… pero la culpa era sólo mía. Las infidelidades se acababan descubriendo, ya sea porque cometes un error o porque, como fue mi caso, la culpabilidad te hace confesar, y entonces comienza el infierno.
Juana no llegó a superarlo jamás. Nos conocíamos desde la universidad, cuando ambos estudiábamos ciencias políticas, y habíamos estado juntos desde entonces. Tuvimos a Ana cuando aún éramos jóvenes y ninguno de los dos había conseguido nada, y más tarde nació Jesús para completar la familia… ¿cómo podía esperar la pobre que su marido fuera a tirar todo eso por la borda por la entrepierna de una secretaria buscona? Nunca lo superó, ni con psicólogos ni con medicación, y aunque me perdonó, yo jamás me perdoné lo que le había hecho.
—Si hubieras tenido la polla quieta, ahora sería todo muy diferente —murmuré mientras soltaba el humo del tabaco en dirección a la ventana—. Eso es, justo como la tienes ahora.
Cuando todo el rollo de los zombis comenzó nos refugiamos en la casa de campo de los padres de Juana hasta que la tormenta pasara. Instalaron una zona segura en León, pero por los informes que había podido leer en el ayuntamiento, aquel lugar era poco más que un centro de refugiados dirigido por los militares donde viviríamos hacinados, y quería evitárselo a mi familia. Por supuesto, no teníamos forma de saber que no íbamos a estar allí sólo una temporada, sino que nuestras vidas habían cambiado para siempre, de modo que al principio lo llevábamos bien. Juana estaba un poco alterada por la tensión, la medicación que le mandó el psiquiatra ya no le hacía tanto efecto como antes y constantemente tenía miedo por los niños, pero aguantábamos.
La cosa cambió cuando escuchamos por la radio que la zona segura había caído. Ana protestaba constantemente porque no hubiéramos ido allí, decía que en ella estaban todas sus amigas y su novio. Era la primera mención a que tuviera novio que escuchaba; sólo tenía dieciséis años y todavía me parecía muy niña para esas cosas, pero desde luego no iba a ser el motivo por el que fuéramos allí. Tal vez por todo eso, cuando supimos que ya no había zona segura ella fue la que peor se lo tomó… al menos al principio. Con el paso de los días, y tras mucho llorar, fue consolándose por sus pérdidas, pero la incertidumbre de cara al futuro comenzó a afectarnos a los adultos, en especial cuando Juana se quedó sin su maldita medicación.
Verla cada vez más desquiciada no ayudaba cuando yo tampoco tenía nada claro qué iba a ser de nosotros en adelante. Con la sociedad destruida, y esos muertos vivientes rondando por todas partes, lo último que necesitaba era además una mujer trastornada con la que lidiar. Jesús tenía seis años, y seguramente su corta edad fue la que hizo que pudiera soportar mejor la sobreprotección enfermiza de su madre, que tenía tanto miedo que no lo dejaba ni salir a jugar al jardín, aunque hubiera un muro de dos metros de altura que nos separaba de cualquier peligro exterior.
La excusa de no fumar en la misma habitación que los niños al menos me servía para escapar de aquel ambiente tan enrarecido y poder tomarme un respiro fuera, aunque yo tampoco me atrevía a dejarme ver demasiado por si aparecía alguno de esos zombis. Ignoraba qué había sido del alcalde y el resto de mis compañeros del consistorio, pero cada día que pasaba me costaba más no pensar que estaban muertos.
“Bueno, más de uno se lo merecía” me dije, pero eso no hacía que la situación fuera menos grave, y tal vez para aliviar alguna de mis preocupaciones comencé a plantearme la posibilidad de acercarme a la farmacia en busca de algo que le sirviera a Juana para sentirse mejor. Si hubiera aprendido a no bajarme los calzoncillos con quien no debía, aquello no habría sido necesario, y lo que conllevó hacerlo no habría sucedido jamás. Pero el pasado no se podía cambiar, y por eso todo lo que ocurrió después fue culpa mía.
Un día, no sabía cuántos tras la caída de la zona segura, pero siendo ya principios de Febrero, decidí que ya había tenido suficiente después de que Juana se hubiera levantado seis veces de la cama durante la noche para comprobar que los niños seguían durmiendo en sus habitaciones. La comida comenzaba a escasear, y si no hacía algo, mi mujer acabaría cometiendo una locura, de modo que en cuanto acabé de desayunar hice de tripas corazón y me encaminé hacia la farmacia.
El lugar donde la casa de campo de mis suegros se encontraba era un lugar pequeño y apartado, por eso lo elegí para aislarnos de los zombis, pero al ser propiedades de gente pudiente contaba con tiendas suficientes para estar surtidas, y éstas se encontraban tan sólo a cosa de medio kilómetro de la casa. Era un riesgo, pero tenía que correrlo antes de que la situación familiar estallara.
No era una persona de acción, de modo que hice todo el camino con el corazón en un puño y con el temor creciente de que algún zombi pudiera aparecer en cualquier momento. No tenía ni idea de qué podía hacer si eso ocurría, en mi vida la única arma que empuñé fue el rifle de caza de un compañero de partido que me invitó a su finca a cazar perdices, y ese día volví a casa con las manos vacías. Hasta de la mili me libré a base de pedir prórrogas por estudios.
El camino hasta la farmacia, contra todo pronóstico, estuvo despejado, pero cuando llegué a la calle donde se encontraban casi todos los negocios rondaba por allí el que se convirtió en el primer zombi con el que me las tenía que ver cara a cara. Aquella criatura había sido antes un hombre de mediana edad, y los jirones de ropa demostraban que fue un policía, aunque me costó reconocerlo porque buena parte de su tórax había sido devorado, dejándole a la vista la mitad del esternón y varias costillas quebradas.
Mi primer sentimiento al contemplar semejante horror fue sentir náuseas, pero éste se vio sustituido rápidamente por el pavor cuando aquella cosa me vio y comenzó a caminar hacia mí. Pese a que yo no había hecho nada para llamar la atención, me localizó enseguida, y yo retrocedí varios pasos sin saber qué hacer cuando comenzó a tambalearse en mi dirección. No podía volver con las manos vacías, y menos con un zombi tras de mí, así que sólo me quedaba intentar eliminarlo.
—Están muertos —tuve que decirme en voz alta mientras recogía una piedra del suelo. Las manos me temblaban, pero cuando la tuve en las manos la agarré con firmeza—. Están muertos, ya no son personas vivas…
Cuando me dispuse a hacerle frente tenía la boca seca, y comencé a temer qué sería de mi mujer y mis hijos si aquella criatura podía conmigo. El zombi, aun con esa mirada vidriosa propia de un muerto, pareció ser consciente de que casi me tenía, porque abrió una boca llena de dientes podridos y estiró las manos para agarrarme con ellas.
Dejé que lo hiciera. Todavía era invierno, y el invierno pegaba con fuerza en esa zona, de modo que iba bien protegido por mi abrigo. Aun así, me vi amedrentado cuando el monstruo me sujetó y lanzó sus dientes contra mí a toda velocidad. No había esperado un movimiento tan ágil por su parte, y por poco consigue su objetivo. Por suerte, yo tenía una mano libre y lo sujeté con fuerza del cuello. Rugió y lanzó mordiscos mientras trataba de abalanzarse contra mí con una potencia que no habría creído de una criatura medio podrida, pero aun así le golpeé en la cabeza con la piedra.
El primer impacto fue lo bastante fuerte como para desgraciar a una persona normal, sin embargo, sólo sirvió para que aflojara el agarre y se tambaleara un poco, luego se recuperó y volvió de nuevo al ataque empleando la misma estrategia de agarrarme e intentar morderme. Lo detuve de igual forma y volví a golpear, esta vez todas las veces que fue necesario hasta que su cabeza salpicó sangre y cayó al suelo, muerto como el cadáver que era.
Quedé conmocionado al ver lo que había hecho. Tenía en las manos una piedra llena de una sangre muy negra, además de algunas salpicaduras en la ropa, pero había podido con él. Tiré la piedra al suelo y fui corriendo a la farmacia. Aunque parecía cerrada, en realidad la puerta estaba abierta, y el interior revuelto era señal de que alguien la había saqueado. Pese a todo, encontré lo que había ido a buscar en la parte trasera, y con varias cajas de antidepresivos en las manos emprendí el camino de vuelta a casa. También necesitábamos comida, pero aquello ya había sido suficiente para mí por una mañana.
Al volver tuve que cruzarme de nuevo con el cadáver del zombi que acababa de eliminar. No quería mirarlo de nuevo, pero no pude evitarlo, y al hacerlo me fijé en que todavía tenía su pistola en la funda del cinturón. Me paré a pensar por un segundo si debía cogerla. Una pistola podía ser muy útil si tenía que volver a por comida o si un zombi se acercaba demasiado a la casa, pero también podía ser un peligro tenerla con los críos allí. Al final decidí llevármela conmigo, y puede que ése fuera mi único acierto aquellos días, además de no ir a la zona segura.
Al volver, me sentía muy satisfecho de mí mismo. No quería pensar en el zombi, sólo en lo que había conseguido. Estaba seguro de que Juana se encontraría mucho mejor tras medicarse, y lo cierto era que tener la pistola conseguía que me sintiera más seguro, una sensación que no se valora lo suficiente hasta que la pierdes.
Sin embargo, cuando entré por la puerta de la cocina esa sensación se esfumó cuando vi varias gruesas gotas de sangre en el suelo. De inmediato, un temor mucho mayor que cuando me enfrenté al zombi me sobrecogió.
—¿Juana? —llamé en voz alta. Dejé caer los antidepresivos y corrí siguiendo el rastro de sangre, que se dirigía hacia el comedor.
—¡Papá! —gritó Ana aterrada al escucharme, y al llegar hasta ella me encontré con una escena mucho peor que la del zombi de la farmacia: Jesús, mi hijo pequeño, yacía muerto en el suelo sobre un charco de su propia sangre. Su propia madre le había rajado el cuello, y ahora, con el cuchillo aún manchado de sangre, sujetaba a mi hija dispuesta a hacer lo mismo con ella, al menos hasta que me vio llegar.
—Lo siento, cariño —dijo con lágrimas en los ojos—. Esperaba… esperaba haber terminado cuando volvieras.
—¿Qué has hecho? —exclamé yo, consternado.
—Es lo mejor —sollozó, y apretó el cuchillo más contra el cuello de Ana, que temblaba de miedo—. No… no quiero verlos sufrir, no puedo verlos sufrir. Es lo mejor…
No supe de dónde saqué los redaños para desenfundar la pistola, pero de repente me vi a mí mismo con el arma en las manos, encañonándola.
—Suelta el cuchillo, Juana —le supliqué.
—Sólo será un instante —dijo, no sabía si a mí o a nuestra hija—. Un segundo y luego todo estará bien.
—¡Suelta el cuchillo! —le rogué una vez más. No podía creer que estuviera viviendo esa situación, no podía creer lo que estaba pasando.
Ella agarró el cuchillo con más fuerza todavía, y tal vez fuera intuición, o algo que vi en su mirada, pero supe que no iba a hacerme caso, que le iba a cortar el cuello a nuestra hija como lo hizo con Jesús… y no podía permitirlo.
El disparo retumbó por toda la casa, y un segundo más tarde Juana yacía en el suelo con un disparo en la frente. Ana, horrorizada, se alejó del cuerpo de su madre cubriéndose la boca con una mano, no sabía si por el horror o por las ganas de vomitar, y se dejó caer al suelo, donde comenzó a llorar.
“Esto es culpa mía” me dije al ser consciente de lo que acababa de ocurrir. En un segundo, mi mujer y mi hijo pequeño habían muerto, y mi hija mayor estaba tan aterrorizada que lo único que pude hacer fue abrazarla para intentar consolarla, aunque no sabía qué consuelo podía ofrecerle cuando todo lo que había pasado era mi maldita culpa.
—¡Ah, papá! —gimió Ana un instante más tarde. El cuerpo de Jesús había comenzado a agitarse en el suelo, para sorpresa de ambos—. ¡Está vivo!
Por un loco instante yo también llegué a creerlo. No tenía sentido, su madre le había cortado el cuello y en el suelo había un charco de sangre demasiado grande como para que dentro de él quedara algo… pero quería creer que era así, y por eso dejé que mi hija se arrastrara hacia su lado para intentar ayudarlo.
—¡Jesús! —exclamó, pero en respuesta su hermano se limitó a gruñir con la boca llena de sangre. Luego comenzó a incorporarse con lentitud—. ¡Tenemos que ayudarlo, papá!
Cuando alzó la cabeza del todo me miró, y aunque me hubiera gustado poder compartir el alivio que debía sentir Ana, había algo en sus ojos, vacíos y vidriosos, que no me inspiraba confianza. Mi temor se vio confirmado cuando abrió la boca y se lanzó a por su hermana. Tuve los suficientes reflejos para agarrarla del brazo y apartarla de él antes de que pudiera morderla.
—¿Qué…? —balbuceó confundida cuando Jesús volvió a gruñir y se incorporó del todo. Tiré de ella para ponerla en pie y la coloqué tras de mí. Al mismo tiempo, mi hijo, como si no nos reconociera, chasqueó los dientes y se tambaleó hacia nosotros con torpeza.
—Vámonos de aquí —dije con un nudo en la garganta mientras arrastraba a Ana en dirección a la cocina. Cerré la puerta para que Jesús no pudiera pasar, pero él comenzó a dar golpes contra ella.
—¿Qué… qué le ha pasado? —preguntó ella con lágrimas en los ojos.
—Ahora es uno de ellos —contesté. No tenía sentido, ningún zombi lo había mordido, ni siquiera habían estado cerca de él, pero se había convertido de todas formas.
Ana sollozó y me abrazó, rota por el dolor de ver morir a su hermano y a su madre de aquella manera tan violenta. Yo no sabía qué hacer, todavía tenía la pistola en las manos, pero no me veía capaz de disparar a mi propio hijo.
—Tenemos que irnos de aquí —dije. No sabía qué nos podía pasar allí fuera, sólo que no podíamos quedarnos en esa casa… no habría sido capaz de hacerme cargo de Juana y Jesús yo solo.
—¿Irnos? —replicó Ana—. ¿Irnos a dónde, papá?
—Lejos de aquí —respondí. No podía soportar estar un segundo más en ese sitio.
En cuestión de minutos preparamos una mochila con la poca comida que quedaba en la cocina y algunas prendas de ropa que pudimos coger sin tener que pasar por el comedor, y luego dejamos la casa. Mi hija todavía sollozaba cuando cerré la puerta principal con llave, pero yo tenía que ser firme por los dos, y no podía venirme abajo. No sabía a dónde nos dirigíamos, sólo que quería ir lo más lejos posible de aquel lugar.
—¿A dónde vamos? —me preguntó cuando llevábamos media hora caminando. No fuimos en dirección a la farmacia, sino la contraria, hacia campo abierto. Las ciudades eran trampas mortales, no podíamos acercarnos a ningún lugar donde se juntaran dos o más personas porque esas personas podían ser ya muertos vivientes, y ni con la pistola en mi poder quería vérmelas con uno de ellos otra vez.
—De acampada —contesté—. Como cuando eras pequeña, ¿te acuerdas?
—Apenas —dijo—. Allí no habrá… resucitados, ¿verdad?
—Espero que no.
No quise que nos alejáramos demasiado el primer día, era invierno y hacía demasiado frío como para meternos campo a través, de modo que nos detuvimos en un merendero. Allí había unos bancos donde la gente se reunía para hacer picnics junto a un pinar bastante agradable. Habíamos ido a aquel lugar en familia un par de veces, una en un acto del partido y la otra en el cuarto cumpleaños de Jesús. Recordar aquello hizo que me arrepintiera de haber ido, pero ya era tarde para dar la vuelta.
Ninguno de los dos fue capaz de comer nada ese día, aún teníamos lo ocurrido atravesado en la garganta y no éramos capaces de tragar. Nos limitamos a permanecer en los asientos de una de las mesas y dejamos pasar las horas sin hablar. Tenía miedo de que ella lo hiciera por si me acusaba de haber matado a su madre, algo a lo que tenía todo el derecho, pero no lo hizo, ni siquiera me dirigió una mirada acusadora en todo el día.
—¿Qué vamos a hacer? —fue lo único que me preguntó cuando comenzó a caer la noche.
—Acampar —le dije. Había traído unos viejos sacos de dormir que debió dejar en la casa mi cuñado tras su última visita, aunque no teníamos tienda de campaña, así que nos tocaría dormir al raso.
—¿Y mañana? —quiso saber.
—Mañana Dios dirá —respondí.
De nuevo, ninguno de los dos fue capaz de dormir aquella noche, ella por la pena y yo por la culpa. Además, en determinado momento me pareció escuchar algo parecido al gruñido de un zombi, pero al ponerme en pie temiendo que alguno pudiera estar acercándose no vi nada. Cabía la posibilidad de que me lo hubiera imaginado, la imagen de mi hijo convertido en un muerto viviente todavía la tenía grabada en la retina, y la mente podía estar jugándome una mala pasada.
Tras unos minutos sin escuchar nada, di por supuesto que debía ser cosa mía y volví al saco. A lo largo de la noche me pareció volver a oír ese gimoteo, pero como el sonido si se alejaba ni se acercaba, acabé por ignorarlo.
Aunque no pude pegar ojo, me pareció que el amanecer llegaba demasiado rápido, porque cuando el sol comenzó a salir aún no tenía ni idea de lo que íbamos a hacer a continuación.
—Nos meteremos en el bosque —contesté cuando Ana volvió a preguntarme por ello por la mañana—. Allí estaremos a salvo hasta que todo pase. Tal vez más gente haya pensado lo mismo y los encontremos allí.
No era algo en lo que creyera, pero podía ser, y aunque las zonas seguras estuvieran cayendo, todavía me resistía a creer que las cosas no volverían a ser como antes, de modo que me pareció un buen plan en principio. No era un boy scout, pero había hecho más de una acampada y sabía moverme por el bosque, en especial aquellos, que conocía de toda la vida.
Antes de dejar atrás los caminos y adentramos en la naturaleza virgen, o todo lo virgen que podía ser un bosque que no estaba ni a quince kilómetros de la ciudad, me acerqué al chiringuito por si encontraba algo que sumar a nuestras provisiones. Todavía consideraba aquello como robar, de modo que no me sentí muy cómodo forzando la cerradura y colándome dentro. Allí sólo encontré bolsas de patatas y demás guarrerías para críos, algunos bollos que aún podían comerse y varios botellines de agua que guardé en la mochila.
No fue un mal botín, nos permitiría aguantar unos cuantos días más si lo mezclábamos con comida de verdad, sin embargo, cuando ya me disponía a salir de ahí, me pareció escuchar algo parecido a un gorjeo desde el exterior. Agarré la pistola por precaución y asomé la cabeza fuera, aquello podía ser lo que estuve escuchando por la noche, y quería averiguar qué era. Lo que me encontré fue una repugnante escena que me revolvió el estómago para todo el día: un tipo, ignoraba si había sido hombre o mujer, yacía tirado en el suelo completamente destripado; la piel de todo su cuerpo había sido mordisqueada, desfigurándolo de una manera horrible y dejando expuesto hasta el hueso. Aquel pobre desdichado todavía gimoteaba con impotencia, y yo di gracias por no haber comido nada el día anterior y no tener qué vomitar.
—¿Qué pasa? —me preguntó Ana cuando volví con ella más pálido que un muerto.
—Nada —respondí. Era mejor que no supiera que habíamos dormido con esa cosa a menos de veinte metros de distancia—. Abrígate bien, vamos a pasar un poco de frío.
Nos adentramos entre los árboles enseguida, y aquel día no hicimos más que caminar en dirección a ninguna parte. Al final me obligué a comer algo cuando nos detuvimos para almorzar. Ella también lo hizo. El ayuno del día anterior debido al shock nos había dejado a ambos hambrientos, y con el estómago lleno de nuevo incluso me sentí optimista cuando llegó el momento de acampar. No hacía tanto frío como había imaginado, y tras encender un pequeño fuego para calentarnos se estaba hasta bien. La parte negativa era que, sin nada más que hacer, era imposible no pensar en lo ocurrido el día anterior.
—¿Qué vamos a hacer, papá? —me preguntó de nuevo mientras se calentaba las manos en el fuego—. Me refiero… cuando todo esto pase. Le… le disparaste a mamá.
—Hija, no creo que esto vaya a pasar —le confié con pesar—. No sé qué va a ocurrir, pero ha muerto demasiada gente para que todo vuelva a ser alguna vez como antes.
Con los militares cayendo en las zonas seguras, no había nadie combatiendo a los zombis. El futuro pintaba muy negro, y no tenía ni la más mínima idea de lo que podía pasar en adelante. Que yo supiera, no había precedentes de algo así.
Una vez de madrugada, con la hoguera apagada, comencé a notar frío de verdad, pero nada que no se pudiera soportar. Lo que más me preocuparon fueron los ruidos que de vez en cuando era inevitable escuchar en el bosque. Allí no había lobos que se supiera, pero sí jabalíes, que podían ser igual de peligrosos. No obstante, lo que de verdad me daba miedo era que apareciera algún zombi; la imagen del que vi destrozado junto al chiringuito no se me quitaba de la cabeza.
Sin embargo, pese a mis temores, escapar al bosque resultó ser una buena idea, porque no nos encontramos con nadie, ni vivo ni muerto, ni animal ni humano, durante varios días. Había llevado una radio por si daban algún comunicado, pero lo único que se podía escuchar eran las emisiones de emergencia con sus mensajes pregrabados, y hasta eso comenzó a volverse escaso cuando buena parte de las emisoras dejaron de emitir por completo. Tal y como temía, no parecía que la cosa estuviera yendo a mejor.
—Mañana tendremos que volver —le comuniqué a Ana por la noche.
—¿Para qué? —contestó alarmada.
—Necesitamos conseguir comida, no creo que pueda seguir comiendo estas porquerías en bolsa más tiempo.
—¿Y si hay más resucitados? —inquirió con temor—. Si las zonas seguras han caído, toda esa gente será ahora… bueno…
—Es posible —reconocí. No había pensado en ello, pero tenía sentido: ya no sólo los militares no los mataban, sino que muchísimos se habrían convertido también en zombis—. Pero algo tenemos que comer.
Sin embargo, no llegaríamos a tener la oportunidad de volver a la civilización: la mañana siguiente me despertó algo que sonaba como el gruñido de un perro. Todavía medio dormido, no le di demasiada importancia, pero enseguida recordé dónde estábamos, y creyendo que podían ser los gruñidos de un zombi me volví hacia Ana todavía metido dentro del saco de dormir para asegurarme de que estaba bien.
No lo estaba, ni mucho menos. No sabía de donde había aparecido un tipo vestido con unas ropas de excursionista desgastadas, con barba de varios días y manchas de suciedad por todas partes. Estaba arrodillado junto a mi hija, y mientras con una mano la retenía por la fuerza contra el suelo, con la otra la sujetaba de la boca para que no pudiera gritar. Ella se retorcía y forcejeaba, pero no tenía suficiente fuerza para desembarazarse de él, que iba acompañado por un perro de aspecto fiero que gruñía con agresividad.
—¡Eh! —grité al tiempo que salía del saco. No sabía quién era ese desarrapado, pero estaba dispuesto a darle una lección por lo que estaba haciendo… sin embargo, antes de que pudiera agarrar la pistola, algo me golpeó en la cabeza con tanta fuerza que comencé a ver luces blancas frente a mí, y acabé por caer al suelo muy mareado y dolorido.
—¡Te dije que te cargaras a ese hijo de puta antes de registrar la mochila! —gruñó el que sujetaba a Ana. El perro ladró.
—Ya está fuera de juego, ¿no? —replicó un segundo hombre cuya presencia no había advertido, y que acto seguido me propinó una patada en el estómago que me dejó todavía más dolorido. Si no me había roto algo era de milagro—. Estos mierdas no tienen nada, sólo un poco de agua y patatas fritas, pero ni una puta arma… lo único de valor que veo aquí es el coño de esta zorra.
Aun luchando por mantenerme consciente, hice acopio de fuerzas para estirar una mano hacia el saco y tratar de recuperar la pistola tras escuchar eso. Aquel tipo le soltó la boca, y ella comenzó a gritar pidiendo auxilio, pero él la calló propinándole un puñetazo en la cara.
—¡Como vuelvas a gritar te corto el cuello, zorra! —la amenazó.
—¿Qué coño haces tú? —exclamó el otro dirigiéndose hacia mí. Disponía de menos de un segundo para coger la pistola… pero no lo conseguí, y cuando me pisó la mano supe que todo estaba perdido—. ¿Qué cojones…? ¡Este maricón tiene una pipa! —La cogió y la levantó en el aire, y luego hizo fuerza contra mi mano, consiguiendo arrancarme un grito de dolor—. ¿Pensabas matarnos con esto, cabronazo?
—Cárgatelo —le dijo el que tenía a mi hija. Con una mano la mantenía sujeta del cuello hasta el punto de estar estrangulándola, y con la otra se bajaba los pantalones.
—No, que se joda —replicó el otro, y entonces me propinó un golpe en la cabeza con la culata de la pistola que hizo que todo me diera vueltas. Sentí un líquido espeso y caliente cayéndome por la frente, pero todavía incapaz de fijar la vista en algo, me agarró del pelo y me levantó la cabeza—. Ahora vas a ver cómo nos la follamos, capullo.
—A…Ana —balbuceé estirando una mano hacia mi hija con impotencia mientras su compañero le arrancaba la ropa a tirones. Ella todavía trataba de resistirse y sollozaba suplicándole que no lo hiciera, pero en cuanto éste logró separarle las piernas comenzó a llorar de verdad.
Aquellos dos hijos de puta cumplieron su palabra, y me obligaron a mirar cómo violaban a mi hija mientras yo lo único que podía hacer era intentar no caer inconsciente. Los segundos se me hicieron horas, y los minutos, días, y una rabia impotente crecía dentro de mí cada vez que la golpeaban para que hiciera lo que ellos querían, o cuando la insultaban por el mero placer de humillarla todavía más. Sólo se detenían de vez en cuando para darme algún golpe más que me mantuviera incapacitado, para eso y para darse el relevo el uno al otro.
Al final, cuando ambos se hubieron saciado, yo tenía los ojos llenos de lágrimas, y Ana parecía estar muerta, con la mirada perdida en la nada y la cara hinchada por los golpes. Sólo cuando pestañeó supe que seguía viva, pero sin duda ya no volvería a ser la misma jamás.
—Esto ha sido divertido —afirmó el que me había estado pegando, con los pantalones aún por los tobillos—. ¿Sabes el tiempo que hacía que no me follaba a una adolescente por el culo?
—Hace una semana —se carcajeó el otro, que había encontrado mi tabaco y se fumaba un pitillo mientras le acariciaba la cabeza al perro—. ¿Ya no te acuerdas de esa zorrita rubia? “Por favor, he escapado de la zona segura y no encuentro a mi familia, necesito ayuda.”
—Pero a esa no me la follé por el culo —le aclaró mientras se subía los pantalones, luego se aproximó a mí y me dio otra patada en el estómago. En aquella ocasión consiguió que vomitara sangre—. ¡Joder! Este capullo está medio muerto. Acabemos con esto de una vez.
—Vamos, Rufo —le indicó el otro al perro, que fiel a su dueño sacó la lengua y agitó el rabo. Luego se aproximó a mi hija y la levantó del suelo tirándole del pelo. La pobre ya no tenía fuerzas ni para resistirse—. Lo siento, bonita, pero Rufo también necesita desfogarse, y tú has demostrado ser una buena perra.
—Te voy a hacer un favor: voy a ahorrarte esta parte —dijo su cómplice, que entonces me cruzó la cara de un puñetazo y me dejó inconsciente.
No supe el tiempo que pasé así, pero debió ser buena parte del día, porque cuando recuperé la consciencia ya estaba atardeciendo. Me desperté tumbado en un charco de mi propia sangre, con la cara cubierta de sangre seca y un dolor muy intenso en la cabeza, el estómago y la mano. Ya no había ni rastro de los dos tipos, pero tampoco de mi hija.
—Ana… —gimoteé con la boca muy seca. No sabía qué había pasado con ella, y me daba igual lo destrozado que estuviera, tenía que encontrarla.
No me costó mucho hacerlo porque no se había ido a ninguna parte. La encontré colgada del cuello de un árbol por una soga; aquellos hombres, si es que podía llamar así a semejantes bestias, la habían ahorcado allí, desnuda y manchada por sus repugnantes fluidos, con los muslos cubiertos de sangre seca y marcas de mordiscos de perro. Lo más horrible, sin embargo, era que no estaba muerta, o al menos no del todo, sino que todavía pataleaba, lanzaba manotazos en mi dirección y gruñía como un animal salvaje todo lo que la soga en el cuello le permitía.
—Dios… —murmuré al contemplar semejante horror, y pese a lo que me había costado ponerme en pie, caí de rodillas y me llevé las manos a la cabeza por culpa de la rabia y la culpa.
“Si hubieras mantenido la entrepierna quieta, esto no habría pasado” me dije tirándome de los pelos hasta tal punto de que acabé con un mechón en cada mano casi sin darme cuenta. Estaba demasiado conmocionado para llorar o para gritar siquiera. Primero habían sido Jesús y Juana, y ahora Ana, que era lo único que me quedaba en la vida.
Tampoco supe el tiempo que pasé allí, viendo los últimos retazos de mi vida consumirse, pero cuando me sentí con fuerzas para hacer algo ya era noche cerrada. Como aquellos desgraciados no me habían dejado ni una mísera cuchilla, y yo no estaba en condiciones de hacer nada que no fuera tambalearme, ni siquiera fui capaz de bajar a mi hija de allí y darle descanso. No tuve más remedio que abandonarla en ese estado y comenzar a caminar.
No tenía ningún objetivo al que dirigirme, como ya ocurriera antes, pero no me importaba. No me importaba nada, en realidad; si acababa devorado por unos jabalíes salvajes o por unos zombis itinerantes me daba igual, sólo caminaba porque no tenía otra cosa que hacer, y no tenía valor para quitarme mi propia vida. Al otro lado tal vez me estaría esperando mi familia, y no me merecía volver a verlos.
Vagué sin agua, sin comida, sin ropa de abrigo y sin ninguna esperanza hasta que amaneció. Aquel día llovió, así que pude lavarme un poco la sangre seca de la cara, pero la herida del cráneo me dolía más incluso que cuando me la hicieron. Tuve que ayudarme de un palo para caminar, y gracias al agua de un charco pude beber en condiciones, pero luego me refugié debajo de un árbol para cubrirme de la lluvia y allí me quedé el resto del día.
—Es mi culpa —le dije a quien pudiera estar escuchándome, que era nadie—. Mi culpa, mi culpa… y ahora Juana y los niños… ¡Dios!
La lluvia ni me dio ni me quitó la razón, se limitó a seguir cayendo, impasible e indolente ante los problemas de los demás. Pensé en quedarme allí sentado hasta que muriera de inanición. No me parecía una muerte agradable, pero ¿qué muerte lo era? La de Ana desde luego no lo fue, y aunque rápida, no creía que los últimos segundos de Jesús desangrándose en el suelo fueran agradables. Tal vez la de Juana, por lo instantánea e inesperada, fuera una buena muerte, pero ya no tenía la pistola.
Al final el día pasó, el estómago me rugió por el hambre y, pese a que no creía merecer vivir, me puse en pie de nuevo y caminé todo lo rápido que mis lesiones me lo permitieron. A lo mejor un zombi me acababa encontrando y se decidía a acabar conmigo; si lo hacía, tal vez le diera las gracias y todo, pero por el momento lo único que podía hacer era caminar.
Continué vagando por el bosque sin rumbo fijo no supe cuántos días. Bebía del agua que encontraba en los charcos, ayudado por una botella de plástico sucia que encontré por ahí tirada. No había nada de comer, al menos nada que tuviera ánimos para buscar o cazar, pero tampoco nada que me comiera a mí. Los zombis no habían llegado al lugar, y los putos seres humanos habíamos expulsado de allí a cualquier animal más grande que una ardilla hacía mucho tiempo.
Famélico, demacrado, mugroso y destrozado tanto física como psicológicamente, acabé por caer rendido junto a un árbol, un sitio que me pareció de lo más adecuado para morir en paz. Después de cómo había acabado mi familia era una forma de morir muy injusta, demasiado plácida, sin embargo, uno no elegía cómo moría, sólo se rendía a la muerte. Supuse que al morir volvería como un zombi, igual que habían hecho mis hijos… en la televisión decían que se contagiaba por los mordiscos o los fluidos de los muertos vivientes, pero tal vez fuera algo genético. ¿Qué sabía yo? Sólo había sido un concejal sin ninguna relevancia en el ayuntamiento, un marido de mierda y un padre incapaz de proteger a sus hijos.
Tal vez pasara allí tirado una semana, tal vez fueran sólo unas pocas horas, pero llegado cierto momento apareció un pequeño zorro que se me quedó mirando desde la distancia como valorando hasta qué punto podía suponer una amenaza para su vida.
“Vamos, pequeño cabrón, ven a comerme” pensé, pero lo que hizo fue volver la vista hacia un lado y luego salir corriendo en dirección contraria como alma que lleva el diablo.
Eché un vago vistazo hacia lo que había conseguido asustarlo tanto, y vi moverse entre el follaje a varias figuras humanoides en mi dirección. Sólo podían ser zombis, de modo que cerré los ojos y me rendí a mi destino. Al menos mi muerte no iba a ser agradable; era lo que me había ganado, y cuando escuché los pasos cada vez más cerca estaba listo para abandonar este mundo de mierda… pero los zombis se detuvieron frente a mí y no me atacaron.
—No es un cadáver, es un tío —dijo una voz desdeñosa.
Abrí los ojos y me topé con un pequeño grupo de gente mirándome. Eran cuatro hombres y dos mujeres, todos vestían con ropa abrigada de montaña, cagaban con mochilas y portaban algún tipo de arma. Tenían pinta de no haberse lavado en días, de tener hambre y de estar agotados de caminar… lo que significa que tenían mucho mejor aspecto que yo.
—¿Estás bien? —me preguntó una chica de rostro alargado y pelo color caoba.
—No te acerques tanto, Íngrid —le aconsejó un muchacho más joven que él, que me miró con cierta aprensión—. Parece enfermo, podría estar infectado.
Enfermo estaba, pero de dolor por mis pérdidas.

Loreto se agitó en sueños, seguramente por alguna pesadilla. ¿Quién podía no tener pesadillas después de todo lo que había pasado? Nunca llegué a preguntarle por su historia. Todos teníamos una antes de llegar a donde estábamos, siempre plagada de pérdida, dolor y actos horribles, tanto cometidos como sufridos, y desconocía cuáles eran los que llenaban sus pesadillas… pero lo cierto era que no me importaba lo más mínimo cuando las mías tenían tres rostros muy concretos, los tres rostros que había descubierto que eran lo único que me importaba del mundo. Ahora que ya no estaban, y ni Íngrid, ni Loreto, ni las comunidades a mi cargo tenían la menor importancia para mí.
Había descubierto que ése era el secreto de la supervivencia, que las vidas de la gente que tenía a mi cargo me importaban una mierda. Aquella era la única forma cuerda de vivir en el mundo que nos había tocado.
El sol ya había salido lo bastante como para que comenzara a clarear cuando me pareció percibir algo de agitación en la calle. Intenté echar un vistazo desde la ventana, pero no tenía ángulo para ver qué estaba pasando, y supuse que debía ser algún asunto del cambio de guardia, que se producía todos los días a aquella hora. Como la noche anterior tuve que poner a vigilar a más gente de la habitual para custodiar al prisionero, alguien se estaría quejando. A veces me entraban ganas de soltarlos por turnos en mitad de una ciudad plagada de zombis, seguro que los que sobrevivieran y consiguieran volver aprenderían a dejar de quejarse por tonterías.
La cosa, sin embargo, pareció volverse urgente cuando alguien llamó a la puerta de mi casa.
—¿Qué pasa? —preguntó Loreto, que se despertó por el ruido, todavía adormilada.
—Alguien llama a la puerta —contesté mientras apagaba el cigarro en el alfeizar de la ventana—. Todavía es temprano, sigue durmiendo.
Como si se tratara de una orden, dejó caer la cabeza contra la almohada al tiempo que yo recogía los pantalones y la camisa del suelo y me vestía con ellos. Luego, una vez presentable, bajé al piso inferior y me dirigí a la puerta.
—¿Qué ocurre? —pregunté nada más abrir. Quien había llamado era Eric, el capitán de los milicianos, y traía un gesto muy serio en la cara. Aquello no podían ser buenas noticias.
—El prisionero ha escapado —me informó.
—¿Escapado? —repetí con incredulidad.
Aquello, de ser cierto, era una noticia pésima. La cabeza cortada de ese chico era el precio por acabar de una vez con aquel cansino asunto de la Hermida. Después de negociaciones, secuestros y ejecuciones, contaba con dejar a mi pueblo satisfecho durante una temporada acabando con el chaval, pero si había huido…
—¿Cómo ha ocurrido? —inquirí mientas me acercaba al buró de la entrada y cogía la pistola.
—No lo tenemos muy claro, acabamos de enterarnos, pero todo apunta a que en algún momento de la noche consiguió burlar la vigilancia y escapar —me explicó Eric—. Hay dos bajas entre los vigilantes del muro. Uno de mis hombres y una Guerrera Salvaje.
Torcí el gesto al escuchar aquello. La cosa iba a ponerse calentita en cuanto se corriera la voz, y no quería ni pensar en la reacción de Rhiannon. El día empezaba con muy mal pie.
—Vamos —le indiqué. No sólo quería ver qué había pasado con mis propios ojos, también tenía que hacer mi papel de líder y comenzar a impartir instrucciones.
Nada más pisar la calle supe que la noticia comenzaba a conocerse entre los miembros de la comunidad, que se asomaban a los portales de sus casas y cuchicheaban entre sí. Al vernos pasar se nos quedaban mirando con cierta aprensión, casi podía percibir en ellos el temor a no saber qué iba a pasar. Esa sensación nunca solía augurar nada bueno.
La escena del crimen se encontraba en un fragmento de empalizada que pasaba por detrás de una casa. Dos cuerpos ensangrentados yacían muertos en el suelo, rodeados por la pareja de milicianos que los encontró y por Rhiannon y Lidia, que se habían arrodillado junto a su hermana caída. Lidia tenía lágrimas en los ojos. Los caídos eran Manuel, uno de los milicianos, y Tania, la Guerrera salvaje más problemática. El motivo de la muerte de ambos era más que evidente: habían recibido heridas profundas en la cabeza, aunque Tania también tenía la boca llena de sangre.
—Por aquí debió escapar —dijo Eric—. Aprovechó la oscuridad para atacarlos por la espalda y pillarlos desprevenidos. No esperarían un ataque desde dentro. Se ha llevado sus armas.
—Una sola persona no puede haber hecho algo así —objetó Rhiannon. A diferencia de Lidia, que parecía horrorizada, ella estaba furiosa, y lo demostró desenvainando su espada y lanzando un tajo contra uno de los troncos que sostenían la pasarela de la empalizada. El golpe consiguió partir medio tronco, pero ni con esas se calmó. Tania era una de las Guerreras Salvajes originales, y por tanto, muy cercana a ella—. Han tenido que ayudarlo.
Eché un vistazo por encima a los muertos. Los golpes de la cabeza eran limpios, casi como si los hubieran rematado para que no se levantaran como muertos vivientes. Habría podido dar gracias por eso, porque de lo contrario podrían haber causado un desastre en la comunidad, pero más que por consideración hacia nosotros intuí que lo habían hecho para no llamar la atención.
—No nos enteramos de lo que había pasado hasta que comenzó a amanecer y no los vimos en sus posiciones —se explicó uno de los milicianos que descubrió los cuerpos—. Me acerqué para ver qué podía haber pasado y me los encontré así, pero pueden llevar aquí horas.
—Nosotros no escuchamos nada —aseveró su compañero.
—Le pedí que me sustituyera esta noche —murmuró Lidia, que le acarició el pelo a su hermana caída con pesar—. Podría haber sido yo si Arancha no hubiera tenido fiebre.
—¿Y los que custodiaban al prisionero? —le pregunté a Eric.
—En el almacén —respondió—. Nada más conocer la noticia les ordené que comprobaran que el chico siguiera allí, y al ver que no estaba, les dije que averiguaran cómo había huido antes de ir a avisarte.
—Pues veamos qué han averiguado —le indiqué.
El almacén estaba cerca de allí, y quienes lo vigilaban eran Natalia y Leonardo, ambos milicianos. No me eran de confianza porque sabía que eran del grupito que incitaba a los guerreros que salían a saquear a que introdujeran drogas en la comunidad. Tenía a Rhiannon y a Raúl advertidos para que controlaran a su gente, pero quién sabía si no eran ellos mismos los que las traían; aquellas cosas eran incontrolables, y mientras no se saliera de madre, hacía la vista gorda. Sin internet, televisión, radio o revistas siquiera, la gente necesitaba formas de entretenerse, y no se podía estar follando todo el día.
—Entraron por aquí —afirmó Natalia nada más vernos llegar, señalando el ventanuco del almacén. Dado su fracaso al vigilar, debían temer que fuera a reprenderlos por ello y trataban de parecer diligentes. Si llegaba a enterarme de que se habían drogado durante la guardia tendría dos cabezas que cortar en lugar de las del muchacho, pero parecían estar lúcidos—. Quitaron los tornillos que sostenían la ventana y salió por allí. La capucha y las cuerdas están dentro.
—Esos tornillos se quitan desde fuera —observó Eric—. Definitivamente recibió ayuda externa. Alguien se coló en nuestra comunidad y lo rescató protegido por la oscuridad.
Rhiannon y los otros dos milicianos se acercaron mientras yo todavía reflexionaba sobre la seguridad de mi comunidad. Se suponía que con gente vigilando las puertas y toda la empalizada nadie podría colarse en ese lugar. Por lo visto, estaba equivocado.
—¡Señor Dávila! —me llamó alguien. Marcos, uno de los hombres de Raúl, se aproximó corriendo, y tampoco traía buenas noticias—. Todos los vehículos tienen las ruedas pinchadas.
—¿Cómo? —inquirió Eric.
—Hemos encontrado todas las ruedas pinchadas… ha sido un sabotaje —nos aseguró Marcos.
—No querían que saliéramos en su búsqueda una vez hubieran escapado —dedujo Rhiannon, que entonces me dirigió una mirada hostil—. Esto ha sido un ataque en toda regla, y exige una respuesta.
“¿Una respuesta contra quién?” me sentí tentado de preguntarle, pero ya lo intuía. Sin embargo, ¿de verdad en la Hermida se habían atrevido a hacer algo así? ¿Tanto los había subestimado? Lo dudaba mucho… no obstante, los hechos estaban delante de mis narices, y no veía quién más podía tener interés en rescatar a ese crío de mierda.
—Salid a buscar ruedas para los coches —ordené—. En cuanto podamos poner en marcha uno, quiero a Salazar y a su perro al mando de un pequeño grupo que rastree a nuestro prisionero fugado y su rescatador cuanto antes. Nos llevan toda la noche de ventaja.
Suspiré con resignación cuando mis órdenes comenzaron a llevarse a cabo. Al final me iban a obligar a cargarme la Hermida, y encima acabaría apareciendo como el malo de la historia.