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lunes, 30 de enero de 2023

¡Vuelve Crónicas Zombi!

 ¡Vuelve Crónicas Zombi!

No hay 11 sin 12, eso dice el refrán, y por eso Crónicas Zombi volverá en unos meses con una nueva historia. ¿De qué va a ir la cosa? Vamos a verlo a continuación:

-Será una historia "corta" de 10 capítulos, como Chacal.

-Estará centrado en un solo personaje POV: Dani.

-Transcurrirá exactamente entre Nuestro peor enemigo II y Generación Z, a seis años de distancia de cada uno de estos libros.

-Este ya sí que sí que sí será el último libro de Crónicas Zombi... de momento...

martes, 11 de mayo de 2021

Adelanto de Los Marginados 3

 

 

LOS MARGINADOS 3

 

Todavía era muy temprano, apenas había amanecido, pero Yerik se encontraba ya en la diminuta cocina de su cabaña, calentando el agua para el desayuno en una tetera. Tatareó una vieja melodía rusa mientras esperaba a que el agua hirviera, y levantó la cabeza cuando creyó escuchar un ruido en el comedor.
—¿Harriet? ¿Eres tú? —preguntó en voz alta, pero no obtuvo respuesta alguna. Tampoco la habría recibido aunque hubiera sido Harriet, y se recriminó a sí mismo siquiera pensar que podía ser ella cuando llevaba postrada desde hacía una semana. Soñar con que fuera a levantarse por su cuenta era hacerse ilusiones. De hecho, dado su delicado estado de salud, mucho se temía que ya no volviera a levantarse jamás.
El ruido probablemente sólo fuera el crujir de la cabaña al ser azotada por el viento. El frío intenso que venía del norte había llegado para quedarse, y pronto su ya de por sí aislada vivienda quedaría todavía más aislada por la nieve. Así hasta que llegara la primavera y el deshielo, cuando el valle se llenaría de color verde por un breve periodo de tiempo. Todo apuntaba a que para entonces ya se habría quedado solo, pero lo bueno que tenían las largas enfermedades era que te daban tiempo a asimilar el cambio, aunque no por eso el golpe iba a ser menos duro.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Avance de "Crónicas Zombi: Chacal"

CAPÍTULO 1

 

—¡Vamos, deprisa! —dijo mi padre mientras tiraba de mi madre para que se moviera más rápido. Ella, sin embargo, parecía más preocupada porque mi hermano mayor y yo pudiéramos perdernos, y por ese motivo me sujetaba de la muñeca con una fuerza que jamás habría imaginado que podría ejercer una mujer de su tamaño.
Los disparos tronaban en la oscuridad de la noche, y los focos de la frontera, lejos de aportar algo de iluminación, tan sólo nos cegaban los ojos cuando su resplandor nos alcanzaba. En el suelo, algunos infortunados que como nosotros trataban de cruzar al otro lado de la valla se retorcían de dolor, ya fuera por los disparos o por haberse enredado en el espino, y sus agónicos aullidos eran más escalofriantes que el balbuceo de los muertos vivientes en las calles de Tánger. Creí que jamás podría sacar de mi cabeza aquel horrendo sonido, pero el intento de mi familia de llegar a Ceuta se estaba convirtiendo en algo mucho más horrible.
Debido a la oscuridad, o tal vez al pánico, alguien en su afán de cruzar la derribada valla fronteriza chocó conmigo, consiguiendo que me soltara de mi madre y cayera al suelo. Aunque pude incorporarme enseguida, enseguida me di cuenta de que había perdido de vista a mi familia, y el miedo comenzó a invadirme.
—¡Khira! —me llamó mi hermano, para mi alivio, un instante más tarde, y cogiéndome de la mano me llevó de vuelta con mis padres. Mi madre, con el rostro lleno de lágrimas, me abrazó con tanta fuerza que casi me deja sin respiración.
—¡No podemos pararnos ahora, estamos en mitad de la frontera! —nos urgió mi padre casi empujándonos para que siguiéramos adelante—. ¡Farid, Khira, vamos! Ya casi hemos llegado.
No le creí porque trataba de darnos ánimos diciéndonos eso prácticamente desde que abandonamos Tánger. Aquella ciudad estaba completamente infestada de muertos vivientes, y según se decía, en España las cosas estaban controladas, así que mi familia, como tantas otras, se unió a un flujo migratorio que esa noche acabó por sobrepasar la frontera de Ceuta. Por lo que sabíamos, en el puerto unos ferris estaban evacuando a los españoles a la península, y nuestra única esperanza era conseguir coger uno de esos ferris.
Parecía una misión casi imposible, pero atravesar la frontera también lo parecía al principio, y ahora las dos vallas que separaban los dos países estaban en el suelo, siendo pisoteadas por una marabunta de gente desesperada que ni el ejército español se veía capaz de contener. Muchos años antes, el hermano de mi padre saltó esas mismas vallas para cruzar al otro lado en busca de un futuro mejor, ahora teníamos la esperanza de que él nos acogiera hasta que la pandemia de los muertos vivientes estuviera controlada.
La idea no me gustaba nada. No quería ir a un país extraño, donde hablaban un idioma que no conocía e incluso le rezaban a un dios distinto, y mucho menos si para ello tenía que cruzar el estrecho. El mar no me era desconocido porque mi familia y yo vivíamos cerca del puerto, así que lo veía a diario, y con frecuencia me bañaba en sus aguas… pero desde que el padre de una amiga, que era pescador, un día de tormenta no regresó a puerto, comencé a tenerle miedo.
—Por aquí —nos indicó mi padre una vez logramos atravesar la frontera. Los disparos quedaron atrás, aunque no tardarían en llegar refuerzos para contener la avalancha humana que se colaba por la brecha. Nunca supe quién o quiénes fueron los que tiraron la valla para permitirnos pasar, tampoco cómo lo hicieron, pero gracias a ellos pudimos colarnos en Ceuta y seguir luchando por nuestra supervivencia.
No llegué a enterarme muy bien de todo lo que pasó a continuación porque era de noche y tenía demasiado miedo como para prestar atención a algo más allá del camino que tenía al frente. Supe que mi padre nos dirigía siguiendo la línea de la costa en dirección al puerto, también que mucha otra gente iba a nuestro lado, algunos adelantándonos, algunos siendo adelantados, pero todos tan desesperados como nosotros mismos. En cierto momento tuvimos que desviarnos porque los miembros de un pequeño grupo comenzaron a pelearse entre ellos por las escasas posesiones que les quedaban, y en otro nos tiramos los cuatro al suelo cuando se escuchó un disparo cercano, aunque jamás supimos a qué fue debido y hacia quién iba dirigido. Más adelante se escuchó a un niño pequeño llorando, y pese a que mi madre hizo un amago de buscar el origen del llanto, mi padre la obligó a seguir adelante como si no hubiera escuchado nada.
—¿Falta mucho? —me atreví a preguntar cuando ya estaba cansada de andar. Probablemente fueran las primeras palabras que pronunciaba en toda la noche, y si me atreví a hacerlo fue sólo porque llevábamos un rato sin incidentes.
—Ya casi hemos llegado —contestó mi padre sin volverse a mirarme siquiera, concentrado en el camino—. Sólo un poco más.
Cuando quise darme cuenta el campo abierto acabó convirtiéndose en la calle de una ciudad, pero debido a que las luces de las farolas no funcionaban seguíamos igual de a oscuras que antes. Todavía íbamos rodeados de muchas de las personas que cruzaron la frontera con nosotros, aunque menos que al principio… sin embargo, mi mayor temor una vez allí comenzaron a ser los muertos vivientes.
Ya había tenido la desgracia de ver unos cuantos de ellos, y esas criaturas con aspecto humano, pero terriblemente mutiladas y con la mirada muerta, me daban pavor, de modo que en mis adentros recé con todas mis fuerzas para que ninguno de ellos apareciera por allí.
Tal vez Alá estuviera escuchándome, porque en un primer momento no tuvimos ningún encuentro con ellos… pero tampoco con nadie más. Daba la impresión de que la ciudad había quedado abandonada, como si todos se hubieran marchado.
—¿Por qué está tan oscuro? —pregunté con curiosidad.
—¡Silencio! —me exigió mi padre, que se frenó en seco e interpuso la mano para que no avanzáramos tampoco nosotros.
—No hagas preguntas —me susurró mi madre al tiempo que me colocaba bien el hiyab. Hacía sólo unas semanas desde que comencé a tener que llevarlo, casualmente al mismo tiempo que cumplí los doce años, y todavía no dominaba del todo bien la prenda.
—Ahora, vamos, rápido —nos indicó mi padre. No supe qué hizo que se detuviera, tal vez fuera la presencia de otras personas, porque me pareció escuchar algunos gritos en la distancia que sólo sirvieron para asustarme todavía más.
—¡Allí! —exclamó Farid señalando con el dedo al frente. Al final de la calle parecía haber algo que emitía luz, y que era hacia donde todos nos dirigíamos. Algunos de quienes venían en nuestra misma dirección echaron a correr al ver también la luz, y para no quedarnos atrás mi padre nos forzó a hacerlo nosotros.
—¡Deprisa! —ordenó tirando de mi madre, que a su vez tiraba de Farid y de mí.
El origen de aquella iluminación resultó ser una especie de pasillo que formaban tanto policías como militares en el puerto, y que llevaba hasta uno de los ferris que queríamos coger. Por ese pasillo humano pasaba gente, seguramente habitantes de Ceuta que abandonaban la ciudad en busca de algún lugar más seguro.
Sin embargo, aquella gente no parecía muy interesada en compartir su salida segura de la ciudad con nadie, porque nada más vernos los militares se colocaron en posición y alzaron sus armas, mientras que los policías metían prisa a la hilera de gente que tenían que evacuar.
Cuando abrieron fuego la nueva iluminación hizo que viera con total claridad, y con horror, cómo algunos de los que se lanzaron a la carrera en dirección al ferri caían abatidos por los disparos. Entonces era muy joven para entenderlo, pero era evidente que pretendía disuadir a nadie más de imitarlos. Por supuesto, fracasaron en su cometido, puesto que nadie frenó, ni siquiera mi familia y yo. Aquella era nuestra última oportunidad de escapar de los muertos vivientes. O eso creíamos al menos.
Pese a los intentos de los militares, al final toda una marea humana acabó estrellándose contra el pasillo, pero tal vez por estar preparados para aquella eventualidad soportaron la acometida sin que la horda pudiera penetrar en él. Ya no disparaban, aunque sí trataban de mantenernos alejados de allí empleando la fuerza bruta. Tras ellos, familias enteras trotaban a toda prisa en dirección al ferri sin volverse a mirarnos siquiera.
Si la valla y los disparos no nos detuvieron, el cordón militar lo iba a hacer aún menos, de modo que en cuanto los más atrasados fueron llegando la presión se fue haciendo cada vez mayor, y al final acabamos pegados a los militares. En aquel momento yo me sentía aplastada y zarandeada por quienes tenía tanto enfrente como atrás y a los lados, pero no protesté porque mi mayor preocupación era no soltar la mano de mi madre para no perderme otra vez.
Un grupito que teníamos justo enfrente acabó por ser presa del pánico, y comenzó a recurrir a la violencia para tratar de colarse en la cola del ferri. Los militares españoles cercanos tuvieron que responder a esa violencia con la suya propia para contenerlos, y en la confusión mi padre consiguió colarnos entre ellos y acercarnos más al cordón.
Ya creía que conseguiríamos atravesarlo cuando un nuevo grupo de militares llegó y nos bloquearon el paso, y volvimos a estar como al principio, aunque ahora en primera fila.
—¡Sacadnos de aquí, hijos de puta! —gritó alguien que tenía a mi espalda, y un chiquillo comenzó a gritar cuando sus padres lo alzaron en el aire con la esperanza de poder meterlo en el pasillo prácticamente lanzándolo dentro.
—¡Eh, puto moro, atrás! —bramó el militar que tenía enfrente cuando el tipo anterior trató de colarse en el pasillo, arrollándome en el proceso. Lo hizo con tanta fuerza que acabé soltándome de mi madre y cayendo hacia adelante; al mismo tiempo, tanto el hombre como el militar se enzarzaron en un intercambio de golpes.
Una mano me agarró del brazo para ayudarme a levantarme mientras yo todavía trataba de recuperarme del golpe. Pensé que sería mi madre, pero aunque de mujer, la mano era demasiado clara para ser la suya. Sin darme cuenta, al ser embestida acabé cayendo en el interior del pasillo, y quien me ofrecía ayuda era una mujer de piel morena, pero no tanto como la mía, y cabello negro que iba acompañada de un hombre y de dos niños, que debían ser sus hijos.
—Vamos, chiquilla, levanta —me urgió en mi propio idioma alzándome casi por la fuerza. Entonces, estando yo en pie, miró a un lado y otro, y al comprobar que los militares estaban demasiado distraídos para darse cuenta de lo que me había pasado, me arrancó el hiyab de la cabeza y lo arrojó a un lado, dejando mi pelo libre.
Su marido dijo algo que no entendí porque no sabía español, pero por el tono y la urgencia me pareció que le estaba metiendo prisa, y entonces ella me agarró de la mano.
—Ven con nosotros —dijo antes de comenzar a caminar y casi arrastrarme en dirección al ferri.
Me volví buscando con la vista a mi propia familia. Mi padre estaba forcejeando con un militar, pero tanto mi madre como Farid tenían la vista puesta en mí. Ella, ahora con mi hiyab en las manos, lloraba, y por un momento quise soltarme de esa desconocida y correr de vuelta a su lado, sin embargo, en cuanto percibió mis intenciones me hizo un gesto con la cabeza en dirección al ferri para indicarme que siguiera adelante.
—No… —murmuré echándome a llorar. No quería irme sin ellos, y mucho menos con unos desconocidos que iban a meterme en un barco que se adentraría en alta mar, pero en el fondo sentí que eso era lo que tenía que hacer, lo que mi madre quería que hiciera, y no me resistí.
Antes de volver la vista al frente, sin saber que ésa sería la última vez que vería a mi familia, mi mirada se cruzó con la de Farid. Él, al igual que mi madre, y a diferencia de mí, era consciente en ese momento de lo que suponía esa separación, y tal vez por ello percibí tristeza en sus ojos.

jueves, 15 de octubre de 2020

Adelanto de "Marc, el último terrícola: Regreso al pasado

Para celebrar que está terminada la primera revisión (por lo que aún queda al menos otra, así que disculpad si hay alguna errata), un adelanto del primer capítulo de "Marc, el último terrícola: Regreso al pasado", libro con el que se cierra la trilogía del último terrícola.

Venga, al turrón:



CAPÍTULO 1


La ciudadela de Venhart era un lugar a todas luces terrorífico. Lo era cuando fue construido y lo siguió siendo durante los siguientes siglos. El dackhariano era un pueblo duro que trataba con dureza a sus enemigos, ya fueran externos o internos, y la ciudadela era buena prueba de ello. Allí cumplían inhumanas penas de trabajos forzados todo tipo de rebeldes y disidentes, y se decía que quien era enviado a sus minas no volvía a ver la luz natural jamás. Sin embargo, todo ese horror no tenía cabida en el palacio imperial, residencia oficial del emperador Rosenstock.
En el palacio imperial abundaban los jardines, todas sus estancias eran tan amplias como luminosas, y pese a que los dackharianos eran por lo general un pueblo austero, allí dentro estaban permitidos todo tipo de lujos y extravagancias. Al fin y al cabo, aquel lugar era también un símbolo de la riqueza y el poder de su propietario. 
Sin embargo, pese a ser un lugar elegante, donde hasta el más humilde de los criados tenía que guardar una férrea disciplina, un comportamiento ejemplar y un conocimiento perfecto del protocolo, había una persona a la que, por cuestiones de edad, se le perdonaba cuando no cumplía con exactitud las formas… al menos mientras su madre no estuviera presente. 
Aquella persona era la princesa Gretchen, única hija y heredera del emperador Rosenstock. Con sólo siete años, su mayor afición cuando sus profesores le daban un respiro de su educación como futura emperatriz del planeta, y cuando la agenda oficial de su padre se lo permitía, era corretear por los jardines y jugar con los cientos de juguetes que tenía dispersos por todo el palacio imperial. 
Aquella mañana, debido a que todavía seguía convaleciente después de pasarse casi una semana enferma, no tuvo que asistir a ninguna clase, y como ya había recuperado casi todas sus fuerzas no consintió quedarse encerrada ni un día más, de modo que con su juguete favorito en las manos se lanzó a la aventura. 
—No te alejes demasiado —le advirtió una de sus niñeras—. ¡Y nada de jugar en las fuentes, o volverás a enfermar! Como te mojes la ropa se lo diré a tu madre. 
Gretch arrugó la nariz al ver parte de sus planes frustrados, pero no se dejó desanimar, y con la réplica del destructor espacial Leviatán que le acababan de regalar en las manos echó a correr sobre la hierba. Aquel juguete le encantaba porque era una réplica a escala del destructor más importante de la flota de Dackhara, que fue construido tan sólo hacía unos meses. Cuando toda la familia participó en el vuelo inaugural, su tío Steffan le dijo que cuando fuera mayor esa nave sería suya, y desde entonces no dejaba de dar la lata a todo el mundo con el que en el futuro sería su destructor espacial particular. Tanto fue así que alguien consideró adecuado regalarle la réplica, que además de ser idéntico al original, pero mucho más pequeño, flotaba en el aire cuando lo lanzabas con la suficiente fuerza. 
Imaginando que volaba en él y visitaba planetas desconocidos acabó por llegar al porche del despacho de su padre, en la otra ala del palacio. Allí el emperador Rosenstock se reunía casi a diario con sus subordinados para tratar temas políticos y militares, de modo que le tenían prohibido rondar por la zona, que además estaba bien vigilada por la guardia personal de la familia. 
Consciente de que se había alejado más de lo que la niñera le dijo, y que no debía estar allí, agarró su juguete y se dispuso a marcharse en otra dirección. Sin embargo, cuando volvió a meterse entre las plantas escuchó las voces de dos personas que parecían estar discutiendo cerca de la fuente, y con curiosidad se acercó a ellas. 
En efecto, ambos se encontraban junto a una de las fuentes del jardín, no muy lejos de la residencia pero sí fuera de las miradas de los vigilantes. Eran un hombre delgado de pelo negro y una mujer con el pelo color del bronce, como el suyo; sin embargo, ninguno de los dos vestía con uniformes de la guardia o del personal del palacio, y tenían un objeto muy brillante en las manos, por el que parecían estar peleando. 
—Te digo que hemos llegado demasiado pronto —decía la chica tratando de apropiarse de la especie de esfera de luz por la que discutían. 
—Eso no lo sabemos, ¡suelta eso, Des! —replicó él dándole un tirón, pero sin lograr quitársela—. ¡Por el gran Dackhar! ¿Por qué siempre quieres tener razón? 
—La pregunta correcta es por qué siempre tengo razón, y la respuesta es que soy más lista que tú —dijo ella, a la que el otro había llamado Des. 
—Ya te gustaría… 
Gretch, con tanta sorpresa como curiosidad por aquella inusual escena, se quedó mirándolos mientras forcejeaban, hasta que en un momento dado la chica dio un tirón tan fuerte que le arrancó al hombre la esfera de las manos, pero del impulso se giró, y ambas quedaron cara a cara. 
—Oh, eso no tenía que pasar —murmuró el chico al reparar en ella también. Gretch seguía demasiado sorprendida para reaccionar. 
—¡Te dije que habíamos llegado demasiado pronto! —le espetó Des lanzándole la esfera brillante a las manos, él la agarró y enseguida comenzó a tocar algo en su superficie—. ¡Más te vale que se acuerde de esto, porque si no…! ¿Te quieres dar prisa con eso? 
—¡Estoy en ello! —gruñó el chico. 
—Tú no vayas a decir nada de que nos has visto aquí, ¿vale? —le pidió la chica, que luego le guiñó un ojo—. ¿Te das prisa con eso, Ker? 
—Ya está. 
—¿Gretch? —la llamó una voz a su espalda, y por instinto volvió la vista, pero entonces frente a ella se produjo un potente destello, y cuando miró hacia la fuente de nuevo no había ni rastro ni del chico ni de la chica. Eso la dejó boquiabierta, porque por esa zona la vegetación del jardín no era tan densa como para que nadie pudiera esconderse, y ambos desaparecieron como si se los hubiera tragado un agujero negro. 
Una figura alta llegó a su lado y la agarró del hombro. Asustada se volvió hacia ella, pero sólo se trataba de la persona que la llamó. 
—Hola, tío Steffan —dijo. 
—¿Qué haces aquí, niña? —inquirió Steffan Jakor Rosenstock, que vestido con su uniforme militar y sus galardones debía venir de una reunión con el padre de Gretch—. ¿Qué ha sido esa luz…? ¡Ah! Estás jugando con tu destructor. 
—¡No! —exclamó ella negando con la cabeza—. ¡No he sido yo, tío Steffan! ¡Había dos personas, ahí, junto a la fuente! Pero han desaparecido. 
—¿Dos personas? —replicó él, que echó un vistazo en todas direcciones—. Aquí no hay nadie, Gretch. ¿Seguro que no te lo has imaginado? 
La mera pregunta le resultó ofensiva, ¡por supuesto que no lo había imaginado! Sin embargo, su tío se limitó a agacharse a su lado y a coger el brazalete médico que llevaba puesto en la muñeca. 
—Todavía tienes un poco de fiebre —afirmó tras examinarlo—. Se acabó jugar por el momento, niña. Tienes que descansar, o tu madre se enfadará. En cuatro días será la celebración por el aniversario de la colonización, y la futura emperatriz de Dackhara no puede perdérselo por haberse puesto mala jugando en la fuente. 
—Pero… —fue a protestar mientras su tío la llevaba de vuelta con la niñera. Aun así, no pudo evitar volver la vista hacia el lugar donde esa pareja tan rara había desaparecido, y por última vez se preguntó quienes podían ser. 
Aquella tarde tuvo una leve recaída en su enfermedad, y con la atención médica, y la correspondiente reprimenda que le cayó por parte de su madre, olvidó para siempre lo que había visto. 

***** 

—Sólo digo que esperaba mucho más de un campo de asteroides —murmuró la doctora Meena Vólkor, geóloga de profesión y exploradora por vocación. 
Xolani Lindgren, capitán de la Intrépida, puso los ojos en blanco y resopló con paciencia. Traer personal poco habituado a las condiciones de los viajes espaciales fue una decisión que día tras día lamentaba más, pero seguía siendo una tripulación más barata que otra más experta, y en un negocio tan sujeto a la suerte como la exploración espacial a veces había que correr ciertos riesgos. Como el riesgo que los llevó a las regiones más remotas y desconocidas del espacio en busca del valioso iridio. 
La gente común solía tener una imagen distorsionada de un explorador espacial. La mayoría los veían como una especie de intrépidos aventureros que se jugaban la vida luchando contra las condiciones más adversas del espacio exterior, y a peligros tales como piratas, exploradores rivales o incluso cosas aún desconocidas por la humanidad que podían esconderse en lo más profundo del cosmos… poco sabían que el verdadero riesgo del explorador en realidad era no encontrar el iridio que creía ir a encontrar. 
Salvo que fueras patrocinado por una compañía importante, una expedición espacial conllevaba unos gastos que el explorador tenía que pagar de su bolsillo. Si ésta acababa por ser un fracaso, no sólo sería el hazmerreír del gremio, sino que podría dejarlo en una situación financiera muy delicada. 
El capitán Lindgren cargaba en sus espaldas y su reputación el peso de tres expediciones fracasadas, y por eso tuvo que servirse de una tripulación que no era la ideal para la que podría ser su última oportunidad de evitar la bancarrota. 
—No sé cómo le enseñaron que eran los campos de asteroides, pero la mayoría son así —respondió Lindgren señalando al paisaje que se podía contemplar desde el cristal del puente de mando de la nave. En su mayor parte era espacio vacío, y sólo una enorme roca flotante de aspecto prometedor estaba lo bastante cerca como para ser tenida en cuenta—. Espacio vació, y nada más. La distancia entre asteroides es tal que podría pilotar esta nave con los ojos cerrados sin peligro de chocar contra nada. 
—Ya lo sé —respondió la doctora Vólkor—. Pero, aun así, es decepcionante. 
Lindgren gruñó por lo bajo. En cierto modo podía entender las ansias de aventura de la doctora. Llevaban dos semanas encerrados en la nave con el resto de la tripulación, sin hacer nada más que poner a punto los instrumentos que podían necesitar y pasar el rato con los simuladores de realidad virtual. Se suponía que la vida del explorador estaba llena de emociones, no de rutina. 
—Esperemos que ese amiguito no sea también decepcionante —dijo mirando con ansiedad al asteroide que flotaba frente a ellos. Todas las lecturas indicaban que podía contener una buena cantidad de iridio. Si era verdad, y pronto lo comprobarían, tal vez todos salieran de pobres—. ¡Piloto, comience maniobra de aproximación! 
—Por fin… —murmuró Vólkor cuando la Intrépida empezó a acercarse a la enorme roca flotante y gris. Aunque aún estaban lejos, las marcas de impactos de asteroides más pequeños eran bien visibles—. Por su aspecto, yo diría que está compuesto en su mayor parte por silicatos. 
—Tenga preparados los equipos, doctora —le indicó Lindgren—. Usted viene conmigo a la superficie. 
—¿A la superficie? —replicó ella, de repente alarmada—. ¿Es… es necesario? 
—Sí —afirmo con rotundidad—. Si hay un solo gramo de Iridio en ese asteroide quiero saberlo, y la mejor forma de comprobarlo es desde la propia superficie. ¿A qué espera? Vaya a prepararlo todo. 
—Muy bien, capitán —respondió antes de salir del puente de mando. 
Sus ansias de aventura parecían haber desaparecido de repente, pero no fue algo que Lindgren fuera a tener en cuenta. Ahí abajo, tras una aburrida y probablemente dura capa de silicatos, podía encontrarse un yacimiento que lo convirtiera en el próximo Kassian Gavrel. Él no se compraría una mansión con vistas en Solarian, pero pagaría sus deudas, limpiaría su reputación y, con suerte, podría comprar una pequeña mansión en algún planeta más barato, como Nibiru. 
La maniobra de aterrizaje llevó unos minutos y no tuvo demasiadas complicaciones porque el asteroide era lo bastante grande como para tener su propia gravedad, y la nave podía anclarse a su superficie sin que surgieran problemas. Del mismo modo podrían caminar por él, y no saldrían despedidos flotando por el espacio al primer salto… aunque no iba a arriesgarse saltando demasiado alto. 
—Todo listo, capitán —informó el piloto—. Pueden bajar cuando quieran. ¿Cree que saldremos ricos de esta roca gigante? 
Ahora lo veremos —respondió antes de poner en marcha el comunicador—. Doctora, ¿está lista? 
—El equipo sí, yo no lo tengo tan claro, la verdad —dijo ella—. Esto no será peligroso, ¿verdad? 
—No más que navegar por un campo de asteroides de los que usted esperaba —contestó—. Prepárese, me reuniré con usted en un minuto. 
Vestidos ambos con un traje espacial, a través de la bodega de carga de la nave descargaron el instrumental que Vólkor iba a necesitar para realizar las lecturas correspondientes de la composición del asteroide. Desde la superficie aquel objeto astronómico parecía todavía más vació y desolado, pero aquellas cosas nunca se caracterizaron por ser ricas en vida. 
—De acuerdo, tenemos doscientos grados negativos a la sombra y energía para una hora de perforaciones —dijo una vez la maquinaria estuvo colocada en la rocosa superficie del asteroide—. Cuando quiera, doctora. 
—Muy bien —asintió ésta, que hizo un intento de limpiarse el sudor de la frente fruto del esfuerzo de bajar la perforadora desde la nave. Se dio cuenta de que la escafandra le impedía realizar aquel gesto demasiado tarde como para disimularlo y que pareciera cualquier otra cosa, consiguiendo así que Lindgren volviera a poner los ojos en blanco—. Eh… vale, vamos allá. 
Tras tocar unos cuantos botones y ajustar los parámetros a las condiciones de la roca, la máquina comenzó a perforar y tomar lecturas de lo que se escondía tras esa gruesa capa de silicatos. 
—De acuerdo, en unos minutos deberíamos empezar a tener resultados precisos —dijo la doctora, que suspiró aliviada y sonrió—. Pensaba que esto sería más complicado, pero está yendo bastante bien, ¿verdad? 
—No nos alegremos demasiado rápido —replicó Lindgren—. Veamos qué resultados nos ofrece ese aparato suyo antes de celebrar nada. 
La doctora torció el gesto y centró su atención en los resultados que la máquina iba proporcionándole, al tiempo que se aseguraba de que la perforación se producía de la manera correcta. Xolani Lindgren, sin embargo, se alejó caminando unos pasos y contempló el inmenso vacío que se extendía más allá de donde le alcanzaba la vista. Al hacerlo, no pudo evitar que una sonrisa se le escapara. 
—Doctora, venga aquí un momento —le pidió a Vólkor, y ella, un poco confundida, se acercó. Al verlo mirando al horizonte ella lo hizo también. 
—¿Va todo bien, capitán? —inquirió. 
—Sí, todo va bien, pero mire esto —dijo extendiendo una mano para mostrárselo—. Ahora mismo nos encontramos en los límites de lo conocido, doctora. Lo que estamos mirando, esa inmensa negrura que puede esconder millones de secretos, es un territorio que la humanidad no ha pisado jamás, que no aparece en ninguna carta de navegación y que nunca nadie ha visto como nosotros estamos viendo en este instante. ¿No le parece impresionante? 
—Sí que lo es —tuvo que reconocer ella, observando ahora esa negrura con renovada admiración—. Quién sabe qué secretos se esconderán en todos esos planetas, estrellas y… eh… ¿qué es eso? 
—¿El qué? —preguntó Lindgren buscando con la mirada. 
—Esa cosa blanca que se acerca tan rápido —señaló Vólkor con el dedo. 
—¡Oh, mierda! —masculló por lo bajo cuando lo localizó. Algo se acercaba a una velocidad inconcebiblemente rápida hacia ellos, y todo indicaba que iba a colisionar en cuestión de unos segundos—. ¡A la nave! ¡Ya! 
Aunque ambos echaron a correr lo más rápido que la escasa gravedad les permitía, Lindgren sabía muy bien que era una pérdida de tiempo. El objeto, fuera lo que fuera, iba demasiado rápido, y no les iba a dar tiempo a llegar… sólo él podía tener tan mala suerte de aterrizar en un asteroide que estaba a punto de colisionar con otro. 
—¡No vamos a conseguirlo! —gritó la doctora al borde de las lágrimas mientras se esforzaba por correr todo lo que podía. 
—¡Sólo un poco más! —dijo él, pese a todo. 
—¿Capitán? ¿Me escucha? —se comunicó el piloto, y al mismo tiempo la nave puso los motores en marcha y comenzó a elevarse—. ¿Han visto eso? Lo siento pero no hay tiempo… yo me largo. 
—¡No, espera! —chilló Vólkor estirando una impotente mano hacia una nave que estaba decidida a abandonarlos—. ¡No! 
No tuvieron más tiempo de lamentarse por su suerte porque aquel objeto acabó por alcanzarlos… pero, en contra de lo esperado, no chocó contra el asteroide, sino que pasó sobre él moviéndose a tal velocidad que costaba seguirlo con la mirada. Aun así, consiguieron hacerlo, y enseguida se dieron cuenta de que aquello surgido del espacio profundo no tenía nada de asteroide. 
—Ca… capitán, ¿ha visto…? —balbuceó la anonadada doctora—. ¿Eso era…? 
—Una nave espacial, sí —afirmó él también boquiabierto. Blanca, y ovalada como el huevo de un pájaro, no se parecía a ninguna nave que hubiera visto nunca, y el hecho de que no la detectaran antes de verla también era muy significativo—. Una nave desconocida venida de una zona inexplorada del espacio. 
—¡Era una nave fantasma! —exclamó Vólkor asustada—. ¡He oído hablar de ellas! Los pilotos veteranos dicen que a veces se las ve en las zonas más inhóspitas del espacio. ¡Son reales! 
—No diga tonterías —replicó Lindgren. Sólo le faltaba para terminar de hundir su reputación que su tripulación fuera por ahí contando historias de naves fantasma—. Seguramente será algún prototipo militar que está probando el gobierno de una de las colonias lejos de la vista de la gente. Lo mejor que podemos hacer es olvidar que la hemos visto. 
—Pero… —fue a protestar la doctora, sin embargo, el capitán no se lo permitió. 
—¡Olvide lo que ha visto! —le advirtió—. Todavía tenemos que averiguar si este asteroide esconde iridio en su interior… ah, mire, por ahí vuelve ese piloto cobarde. A ver qué cara pone cuando sepa que acaba de quedarse sin la mitad de sus beneficios por la espantada de antes. 

***** 

En sus ochenta años de vida, Iskandar Ronstadt, “Iskar” para sus amigos, había vivido muchas situaciones dramáticas. Como exiliado dackhariano cuando el emperador Rosenstock tomó el poder conoció los horrores de la guerra, también la tragedia que suponía ser un refugiado político en un planeta como Nueva Tierra, que miraba a los dackharianos con desconfianza… pero nada de eso se podía comparar a lo que tuvo que vivir en la ya conocida como “rebelión de los androides”, sucedida dos años atrás. 
Las consecuencias de aquella corta pero intensa rebelión todavía eran bien visibles en las calles de la ciudad de Europa. No sólo no había plaza que no contara con un pequeño memorial en recuerdo de las víctimas que dejó aquel acontecimiento, sino que el número de pintadas llamando a quitarse los chips cerebrales se podían ver en prácticamente cada hueco vacío de las fachadas de los edificios. 
Iskar sintió un escalofrió cuando se encontró una de ellas de camino a su tienda, pues le recordaban demasiado a lo que los jóvenes de su planeta gritaban en las calles durante la revolución que le entregó el poder absoluto a Rosenstock. Pero si había una constante en la historia de la humanidad era la falta de memoria, y sin duda quienes hacían esas pintadas no habían vivido lo suficiente como para recordar aquellos tiempos, que de todas formas sucedieron en un planeta muy lejano de allí. 
Además, tampoco se podía decir que no tuvieran parte de razón: esos chips estuvieron a punto de aniquilarlos a todos, y no sólo en Nueva Tierra y Vega III, donde la rebelión logró extenderse, sino a toda la raza humana. Era cuanto menos curioso que aquello se lograra evitar gracias a, entre otros, Gretchen Rosenstock, hija del depuesto emperador, y una banda de dackharianos rebeldes. Como exiliado, nunca pensó que esa clase de gente sería la que un día le salvaría la vida. 
—El destino siempre logra sorprenderte —murmuró para sí mismo antes de introducirse en la calle principal. Desde ella tenía unas vistas privilegiadas de la antena de comunicaciones superlumínicas, una kilométrica antena que fue destruida durante la rebelión y que, debido a su tamaño y complejidad, dos años después de destruirla todavía estaban reparando. 
—¿Diecisiete días? Imposible, no les va a dar tiempo a tener toda la estructura lista —comentaba un anciano que, sentado en un banco de la calle junto con otro anciano, observaba con mucho interés las labores de construcción. Aunque la antena se encontraba a varios kilómetros de distancia, gracias a sus dimensiones era perfectamente visible desde allí. 
—Mi yerno trabaja en control climático, y me ha contado que les han prohibido las lluvias en esta zona hasta dentro de diecisiete días —afirmó el otro anciano—. Ése es el tiempo que tienen para completar la estructura, porque tras un mes sin lluvia no creo que puedan alargarlo más tiempo. La última vez que hicieron algo así provocaron una tormenta eléctrica tal que causó más daños de los que querían reparar. 
—Harán una chapuza que luego tendrán que reparar a los dos días —intervino un tercer hombre, que en realidad era un androide, y que se unió de buena gana a la discusión—. Así malgastan el dinero público… 
Iskar no sabía qué tenían las obras que atraían la atención de viejos y androides de aquella manera, pero él tampoco era nadie para juzgar las aficiones de los demás cuando la suya era mucho más excéntrica. 
Desde bien pequeño siempre le gustaron las antigüedades. Dackhara no era conocida por sus museos, pero los pocos que había los visitó en su juventud infinidad de veces. Sin embargo, su mayor afición era sin duda la arqueología digital. Desde que la humanidad aprendió a registrar digitalmente audio e imagen, había más de un milenio de información sobre la vida, costumbres, creencias, música, películas y cultura en general de su raza del que disfrutar flotando en la Telaraña. 
Aunque el lugar para alguien como él sin duda habría sido el planeta Atenea, tuvo la suerte de poder abrir un pequeño establecimiento donde recopilar todos esos fragmentos de historia y compartirlos con quienes valoraban su afición. No era un negocio que dejara mucho dinero, pero tras vivir las miserias de la guerra, Iskar era un hombre que se conformaba con poco. 
—Buenos días —lo saludó uno de sus clientes habituales, el androide Russell MQ-2, cuando llegó a la entrada de su establecimiento. 
—Buenos días, Russell —lo saludó él también—. Has venido pronto hoy. 
—En realidad, tú has venido treinta segundos tarde —señaló el androide—. Yo estaba aquí a la hora exacta en que se supone que abres la tienda. 
—Mil perdones —dijo. Era absurdo discutir con un androide sobre puntualidad. Estaba en su programación ser unos intolerantes con los retrasos tanto como estaba en el ADN humano llegar a los sitios cuando les diera la gana—. Me he entretenido mirando la reconstrucción de la antena… debo estar haciéndome viejo. 
—¡Oh! Yo también he estado un par de horas echando un vistazo —afirmó Russell con entusiasmo—. Al menos hasta que un grupo de indeseables me ha echado de allí lanzándome piedras. 
Iskar torció el gesto al tiempo que abría las puertas de su tienda. Habían pasado dos años, pero todavía quedaban personas resentidas que no perdonaban a los androides lo que hicieron entonces… poco les importaba a esos indeseables que sus mentes estuvieran siendo controladas, algunos sólo buscaban en la vida algo a lo que odiar. 
—Pasa —le ofreció una vez abrió la tienda. Como establecimiento era más bien tirando a pequeño, y no especialmente llamativo, pero tampoco lo buscaba. El suyo era un negocio austero, no apto para el gran público y que tampoco necesitaba de una gran infraestructura. Con una buena base de datos y terminales donde bucear entre un milenio de archivos antiguos era más que suficiente—. ¿Buscabas algo en particular hoy, o sólo vienes a curiosear, como siempre? 
—En realidad sí buscaba algo —dijo el androide—. Cantos de ballena. 
—¿Ballena? —replicó sorprendido—. ¿Esos animales marinos enormes de la antigua Tierra? ¿Por qué? 
—Curiosidad —respondió Russell encogiéndose de hombros—. ¿Sabías que había cantos de ballena grabados en los discos de oro de las sondas Voyager? Quiero saber cómo sonaban. 
—Está bien, ya sabes dónde está todo —le ofreció al tiempo que él se dirigía al mostrador—. Por cierto, anoche conseguí una recopilación de música del siglo XXIII. Dicen que es la mejor música que se ha compuesto jamás. 
—¿Música de la edad de oro de la humanidad? Interesante… —valoró el androide—. Eso es lo que siempre admiraré de vuestra raza: después de tres siglos de horrores, de repente, y sin que nadie pudiera verlo venir, el siglo XXIII. Llevando a cabo tareas rutinarias y calculando estadísticas sois pésimos, pero dándole la vuelta a las situaciones no hay androide que os gane. 
—Alguna virtud teníamos que tener —dijo Iskar, y entonces volvió la vista hacia la puerta porque alguien acababa de atravesarla. 
Los clientes no eran muy habituales en su establecimiento porque casi todo el mundo contactaba con él a través de la Telaraña, así que le extrañó ve a alguien entrar a primera hora. Aquel hombre, sin embargo, no parecía alguien interesado por las antigüedades digitales, sino más bien un tipo que había bebido de más y no era capaz de encontrar el camino de vuelta a casa. 
Desaliñado, con una descuidada barba negra, ojeras, aspecto abatido y una pesada mochila cargada a la espalda, se acercó al mostrado casi tambaleándose mientras tanto Iskar como Russell le observaban con desconfianza. 
—¿En qué puedo ayudarle? —le preguntó una vez lo tuvo enfrente. La pregunta le pareció más que adecuada, porque aquel individuo tenía aspecto de necesitar toda la ayuda posible. 
—Quería todo lo que haya sacado David Bowie desde el año dos mil dieciséis —le pidió aquel hombre con voz cansada mientras se colocaba bien la correa de la mochila. Por qué alguien querría castigar su espalda con un artilugio semejante era algo que Iskar no podía entender, pero a su tienda solían acudir personas que gustaban de artefactos anticuados—. He buscado, pero no encuentro nada más a partir de ese año. 
—Deje que eche un vistazo —contestó, e inmediatamente comenzó a navegar en su base de datos. Remontarse a una época tan antigua era complicado; mucho de lo que había entonces se perdió para siempre, pero en su mayor parte eran vídeos tontos sin valor alguno que la historia tampoco iba a echar de menos—. Vaya, me temo que no hay nada más. Ese tal David Bowie murió en dos mil dieciséis. 
Durante unos segundos aquel extraño hombre no dijo nada, como si la noticia lo hubiera dejado en shock. 
—Oh… genial —dijo al cabo de unos interminables segundos—. Gracias de todas formas. 
Tal y como llegó se marchó, a paso lento, como si el peso de la vida pudiera con él, y de nuevo tanto Russell como Iskar se quedaron mirándolo hasta que salió de la tienda y se perdió de vista, pero en esta ocasión el androide lo hizo boquiabierto. 
—¿Sabes quién era ése? —le preguntó a Iskar lanzándose hacia el mostrador. 
—¿Quién? —inquirió él con curiosidad. 
—¡Era él! ¡El último terrícola! —exclamó Russell. 
—¡Vamos anda! —se burló Iskar—. ¿Me estás diciendo que el último terrícola, el hombre más buscado por las siete colonias, se ha presentado en mi tienda preguntando por música de hace…? 
El androide alzó las cejas, y al darse cuenta de la conexión por fin, Iskar quedó tan boquiabierto como el propio Russell. Sin mediar palabra, ambos corrieron hacia el escaparate de la tienda para intentar localizarlo, pero ya era demasiado tarde, y para cuando llegaron, el último terrícola se había perdido de vista mezclándose entre el gentío. 
—¿De verdad crees que era él? —preguntó Iskar todavía buscándolo con la mirada. 
—Estoy seguro de que lo era, sí —contestó Russell. 
—Pues, si lo era, no tenía muy buen aspecto —dijo—. Me pregunto qué le habrá pasado para acabar así…

martes, 3 de septiembre de 2019

Novedades sobre Generación Z

Tras todo el verano sin poner nada por aquí, es mi deber anunciar que en Julio comencé la escritura de Generación Z, y que ésta está ya muy avanzada. La previsión sería publicar el libro para Navidad (todavía queda la larga y pesada revisión, seguida de otras revisiones igual de largas y pesadas), pero a estas alturas ya puedo avanzar un par de datos para ir abriendo boca... y una imagen. ¡Vamos allá!
(RECUERDA QUE PUEDE CONTENER SPOILERS DE LIBROS ANTERIORES)

-El total de capítulos está ahora en 29, son 2 más de los previstos inicialmente. En 10 de ellos el personaje POV será Susi.
-Hay 4 nuevos personajes POV. Estos serán Clara (sí, nuestra Clara), Aaron, Verónica e Izan.

Eso han sido el par de datos, ahora la imagen

martes, 23 de abril de 2019

Más cositas sobre el comic

Como ya sabéis, hay un proyecto en marcha para adaptar las novelas de Crónicas Zombi en formato cómic a manos de la Editorial Hirukoa. Las imágenes de la adaptación de Preludios y Orígenes I van llegando poco a poco, y no quiero dejar pasar la oportunidad de mostrároslas. Estoy seguro de que reconoceréis la escena.



miércoles, 13 de diciembre de 2017

Adelanto de datos sobre Nuestro Peor Enemigo II

Vamos a ir calentando el ambiente. Unos cuantos pequeños datos que os adelanto de lo que nos espera en "Crónicas Zombi: Nuestro Peor Enemigo, Parte 2".
AVISO: Contiene spoilers de los libros anteriores. Si aún no los has leído hasta la última letra no sigas adelante.

sábado, 15 de julio de 2017

¿Qué nos espera en Nuestro Peor Enemigo II?

El último libro de Crónicas Zombi está empezando ya a ser escrito, y por eso ha llegado el momento de ir adelantando algunas cosas para abrir boca. Esta entrada no contiene spoilers de NPEII, pero sí podría tenerlos de la primera parte y otros libros de Crónicas Zombi, de modo que no la leas si aún no has leído el resto de libros.
Dicho esto, si quieres seguir leyendo, ya sabes

viernes, 10 de junio de 2016

Portada de "Nuestro peor enemigo: Parte I"

Para ir abriendo boca, os presento de manera oficial la que será la portada de la próxima entrega de Crónicas Zombi: Nuestro Peor enemigo. Parte I.

jueves, 20 de agosto de 2015

Futuros proyectos

Esta entrada no se limita a esta saga de libros, por eso está repetida en todos los blogs dedicados a mis libros por igual, y es que a todos ellos afecta. De cara a manteneros bien informados sobre futuras publicaciones y proyectos, me parecía el momento de anunciar cuales serán esos futuros proyectos en los que estoy trabajando, o trabajaré en el futuro próximo. ¿Te interesa? Si la respuesta es sí, veamos qué viene a continuación.

sábado, 28 de febrero de 2015

Portada de Orígenes III

Poco a poco nos acercamos al día en que Orígenes III vea la luz por fin. Si hace cosa de una semana teníamos un pequeño adelanto de uno de los capítulos, hoy toca conocer por fin la portada del libro.

sábado, 21 de febrero de 2015

¡Avance de Orígenes III!

Aviso para navegantes: Orígenes III, al estar en la práctica dividido en dos partes (por un lado el grupo de Maite y por otra Irene y sus desventuras) fue también escrito en dos mitadas. Los 10 capítulos del grupo principal de Orígenes fueron escritos hace tiempo, y pasaron una primera revisión, mientras que los capítulos de Irene aún se están escribiendo. Lo que quiero decir con esto es que el fragmento de capítulo que sigue, si bien no es el primero con el que abrirá Orígenes III (en concreto es el segundo) ha pasado la primera revisión, con lo que debería estar lo bastante presentable como para poder leerse sin que a nadie le sangren los ojos.

Sin más preámbulos.

sábado, 23 de agosto de 2014

Fin de la fase de escritura de "Tierra de muertos"

Así es, señoras y señores, "Crónicas zombi: Tierra de muertos" está oficialmente escrito... ya solo resta una larga y aburrida revisión que promete ser odiosa, pero que acerca inexorablemente el momento en que el libro será puesto a la venta.
Para ir abriendo apetito, os pongo a continuación una recopilación de todos los avances conocidos hasta ahora del libro. Otro día os subiré el primer capítulo entero (y revisado), y más adelante la que será la portada.

sábado, 19 de julio de 2014

¡Adelanto de Tierra de muertos!


Para ir abriendo boca, he decidido adelantaros la mitad más o menos del primer capítulo del próximo libro de Cronicas Zombi: Tierra de muertos. El texto aún tiene que ser revisado antes de la versión definitiva, pero creo que está ya lo suficientemente presentable como para ir abriendo apetito de zombis. Así que, sin más preámbulos, tendreis el medio-capítulo después del salto.

lunes, 9 de junio de 2014

Novedades sobre "Tierra de muertos"

Despacito pero sin pausa Tierra de muertos, tercera novela de Crónicas zombi y quinto libro de la saga, avanza inexorable como un muerto viviente hacia su objetivo, ver la luz. Es pronto para dar fechas de puesta a la venta, pero no para avanzar algo más de lo que ya sabíamos... tras el salto, revisión de los avances antiguos y algún avance nuevo.

martes, 29 de abril de 2014

Despacito y con buena letra...

Pese a las amenazas por twitter de acabar como el protagonista de Mysery si no me doy más prisa (y van dos), la escritura de la tercera novela va produciéndose al ritmo que debe, y a estas alturas ya están escritas casi cien páginas (El lamento de los vivos ocupó menos de 270, y éste ocupará aproximadamente lo mismo, así que ya hay escrito un buen cacho).
A estas alturas ya puedo anunciar oficialmente que el nombre de esta tercera parte será "Crónicas Zombi: Tierra de muertos", nombre que no deja lugar a dudas de que vamos a tener zombis hasta en la sopa. Igual que "No hay lugar seguro", la historia transcurrirá en dos escenarios distintos y habrá un salto temporal de unos dos meses entre el final de esa novela y el comienzo de ésta. Como ya anuncié el twitter, esa segunda mitad ocurrirá en el interior de una ciudad cuyo nombre me reservo hasta más adelante (será el segundo escenario), por lo que el entorno será más parecidos a "El lamento de los vivos" de nuevo... y quizá no sea lo único parecido, pero ya hablaremos de eso otro día, cuando también os presente a un personaje nuevo que traerá cola.

Como ya sabeis, porque me lo he repetido hasta la extenuación, "El lamento de los vivos" está a la venta en formato papel para aquellos amantes de lo tradicional, pero últimamente también he estado trabajando en editar en papel "Preludios y Orígenes I", así que próximamente lo tendreis también a la venta... pero mientras tanto no paseis por alto la entrada de abajo, que con un mísero comentario podeis entrar en concurso de un ejemplar de "El lamento de los vivos" firmado que yo mismo os envío a casa (o a donde me digais).

Y con eso y un bizcocho me despido hasta que se cierra la encuesta y comente los resultados.

lunes, 3 de febrero de 2014

Qué nos espera en la tercera novela

Si bien "No hay lugar seguro" salió a la venta hace relativamente poco (en Noviembre), hay que mirar hacia el futuro. Con casi todo el pescado vendido en Preludios y Orígenes II y como no soy George RR Martin y no puedo dejar pasar años entre un título y otro es hora de pensar en serio en la continuación de la saga principal. Aunque aún queda mucho para que ésta vea la luz, en realidad la idea principal ya está planteada, de modo que me parece adecuado hacer un pequeño avance para ir creando espectación.

Así que si quieres saber qué nos depara el futuro ya sabes, sigue la historia.
AVISO: Este artículo no contiene spoilers de la tercera novela, pero podría contenerlos de la segunda y primera.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Adelanto de "No hay lugar seguro"


CRIS


Me encantaba el mar. Aún con todo lo que estaba ocurriendo, no pude evitar quedarme mirando hacia las olas rompiendo en la playa como si estuviera hipnotizada. Recordaba como si hubiera sido ayer que, siendo todavía muy pequeña, mi padre me regaló por mi cumpleaños un disfraz de la sirenita. Me gustó tanto que incluso quise bañarme con él, y el día que se me quedó pequeño lloré hasta que me compraron otro igual, pero de mi talla.
—¿Estás bien? —me preguntó Nacho por la espalda, tocándome en el hombro con una mano y haciendo que diera un respingo debido a la sorpresa.
—Sí. —respondí apartando la vista de la playa, cuyas aguas seguían revueltas después de varios días de mal tiempo. Tras pasarse lloviendo todo el día por fin había escampado y, aunque el sol no brillaba todavía, al menos las nubes parecían menos oscuras.
Hacía sólo unos pocos días que la zona segura de Alicante, donde había estado refugiada, cayó invadida por los muertos vivientes, y desde entonces las cosas no habían ido sino a peor. Los ánimos estaban más bajos que nunca, Álvaro estaba muerto, Nuria había sido mordida, Gerardo parecía perder el juicio por momentos y Diego y su hijo seguían inconsolables por la muerte de Elena. ¿Cómo no iba a abstraerme mirando el mar ante semejante panorama? De todos nosotros, sólo Ahmed era capaz de mantener la compostura.
Fui una tonta pensando que después de escapar milagrosamente de la zona segura había acabado el peligro, del mismo modo que fui una tonta al pensar que tras perder a toda mi familia se había acabado el dolor. Siempre había una forma de que todo empeorara, y fueron los días de viaje hacia el sur los que terminaron de hundirnos en la miseria. De las veinte personas que salimos de Alicante, sólo quedábamos nosotros siete que, tras vagar buscando algún lugar seguro donde recuperar las fuerzas, habíamos terminado encerrados en un complejo residencial a pie de playa al sur de Guardamar del Segura.
Fuimos allí después de consultar un mapa de carreteras y creer que el lugar estaría libre de resucitados, pero nos equivocamos. Aquellos apartamentos de playa también habían sido completamente invadidos, como todo lugar al que intentamos ir con anterioridad. Incluso desde la ventana podía ver a algunos de aquellos seres tambalearse por la calle, formando grupos cada vez más grandes.
“Saben que estamos aquí” pensé intranquila, “de algún modo saben que estamos cerca.”
—No deberías estar ahí asomada —me dijo Nacho—. Podrían verte.
—¿Cuánto crees que aguantaremos aquí? —le pregunté apartándome de la ventana y sentándome en una de las sillas de la cocina. No soportaba estar en el comedor, aquel lugar parecía un velatorio, y bastantes penas tenía yo encima como para compartir las de los demás.
—Espero que por lo menos una noche —suspiró Nacho echando un tímido vistazo a través de la ventana antes de correr la cortina, dejando la habitación en penumbras—. Dios sabe que necesitamos un segundo de descanso.
—Sí, pero no parece dispuesto a dárnoslo —afirmé contemplando el horroroso estampado del mantel de la mesa—. ¿Cómo está Nuria?
—Peor —respondió con resignación—. No creo que ya pueda volver a levantarse, la infección avanza deprisa.
—¿Y qué vamos a hacer? Ya sabes lo que pasará cuando… cuando…
—Cuando muera —completó la frase por mí antes de sentarse en la otra silla de la cocina y quedarse mirando un enorme reloj que colgaba de la pared, que marcaba las cinco de la tarde—. Tendremos que hacer lo que hay que hacer. Habrá que pedírselo a Gerardo, o quizá a Ahmed, porque yo no creo que tenga fuerzas para eso.
—Yo… lo siento, si no hubiéramos pasado tan cerca de Elche quizá… —comencé a disculparme, pero hizo un gesto con la mano para detenerme.
—Si no hubiéramos pasado tan cerca de Elche, no tendríamos la escopeta y la pistola —señaló—. Y entonces estaríamos todos muertos.
—Sí, pero aun así… —No podía evitar sentirme culpable. Acercarnos a Elche fue idea mía, pensaba que podríamos encontrar algún lugar donde escondernos, pero lo único que encontramos fueron muertos, los muertos que mordieron a Nuria y que mataron a Álvaro cuando éste intentó salvarla.
Álvaro había sido mi novio desde hacía dos años, Nuria era su hermana pequeña, y Nacho el novio de ésta. Tan optimista como siempre, Álvaro me confesó antes de morir que creía que el haber escapado los cuatro de la zona segura era una señal de que no todo estaba perdido… pero en realidad no había sido una señal de nada, él estaba muerto, su hermana mordida, y con ellos otras once personas, de las cuales no había llegado a conocer el nombre ni de la mitad.
—No te machaques, lo que tenemos que hacer es intentar salir de ésta —exclamó volviendo su mirada hacia mí—. Mira, yo creo que si logramos pasar la noche aquí, las cosas irán mejor. Tenemos algo de comida y agua, cosa que no teníamos ayer, y tras dormir una noche en condiciones lo veremos todo de otra manera.
—No sé si voy a poder dormir —Los días anteriores habían sido extraños para mí, no recordaba haber dormido en ningún momento, pero tenía que haberlo hecho porque de lo contrario habría estado más cansada de lo que me sentía—. Y no nos engañemos, Nuria no va a aguantar otro día.
Agachó la mirada y se quedó callado durante unos segundos, hasta que empezamos a escuchar voces provenientes del comedor.
—¿Qué hacen esos? —se preguntó Nacho en voz alta frunciendo el ceño—. Van a conseguir que nos oigan desde el exterior.
Cuando se puso en pie y salió corriendo por la puerta de la cocina le imité, no me iba a servir de nada quedarme allí sola lamentándome de que el mundo se hubiera ido al infierno, no había servido hasta entonces y no creía que fuera a servir en el futuro… el mundo ya no escuchaba el lamento de nadie.
—¡Eh tío! ¿Qué coño haces con eso? —escuché la voz de Nacho cuando aún seguía en el pasillo.
Apreté el paso y llegué hasta el comedor, sólo para encontrarme a Gerardo, escopeta en mano, apuntando con ella a Nuria, que ocupaba todo el sofá de la habitación tumbada sobre él. Tanto Nacho como Ahmed intentaban retenerle, mientras que Diego abrazaba a su hijo Iván en una esquina para evitar que el chiquillo, de tan sólo seis años, viera lo que estaba pasando.
Nuria parecía tener peor aspecto todavía que unos minutos antes, cuando la ayudé a tumbarse en aquel sofá para que descansara. Su rostro estaba pálido como el de una muerta, los labios se le habían vuelto azules y los ojos hundidos le daban un aspecto enfermizo muy poco esperanzador. Respiraba con dificultad y todavía se agarraba dolorida el antebrazo, el lugar donde aquel resucitado había clavado sus dientes día y medio atrás, condenándola a muerte.
Por lo visto, ese era el tema de la discordia.
—¡Es un peligro para todos! —bramó Gerardo, un hombre de cincuenta y pocos años, canoso, pero de complexión recia y unas formas muy poco amigables—. ¡Aquí hay niños! ¿Cuántos muertos más quieres?
—¿Es que te has vuelto loco, tío? —le increpó Ahmed forcejeando con la escopeta. Ahmed era de ascendencia marroquí, su piel oscura y su pelo negro y rizado no dejaban lugar a dudas respecto a aquello, y al parecer Gerardo no era muy amigo de los marroquíes—. ¡Suelta esa puta arma!
—¡A mí tú no me das órdenes, delincuente! —bufó el hombre dando un tirón de la escopeta.
—¡Haced el favor de tener cuidado con eso! —les advirtió Diego desde la esquina, con su hijo todavía en brazos—. ¡Vais a matar a alguien!
—¡Esa es la idea! —gruñó Gerardo.
—¡Van a escucharos los de fuera! —les recordé a gritos para hacerme oír por encima del jaleo.
La amenaza de los muertos vivientes sirvió para que los tres se detuvieran, al menos por un momento, y pudiera intentar enterarme de qué estaba pasando.
—¿Qué demonios estáis haciendo con eso? —pregunté señalando el arma.
—¡Este loco de mierda quiere cargarse a Nuria! —bramó Nacho lanzándole una mirada de odio—. Escúchame capullo, si le pones un dedo encima, el siguiente disparo será para ti, ¿te queda claro?
—¿Es que no lo veis? —se defendió Gerardo señalando a la pobre Nuria, que desde el sofá luchaba por seguir respirando mientras sus pupilas saltaban de unos a otros. Me estremecí al ver el miedo reflejado en ellas—. Se muere, se está muriendo desde que la mordieron. ¡Y es contagiosa! Le haríamos un favor a ella tanto como nos lo haremos a nosotros. ¿No veis que hay niños?
—No te consiento que utilices a mi hijo como excusa para cometer un asesinato. —le reprendió Diego frunciendo el ceño.
—Suelta la escopeta tío, tú no puedes ir armado. —le exigió Ahmed alargando la mano hacia el arma, pero Gerardo fue rápido y la apartó de su alcance antes de que pudiera adueñársela.
—Mira quién habla —dijo el hombre sonriendo con desdén—. Tú eres el primero que no debería llevar la pistola, delincuente.
—Te he dicho que no me llames así. —protestó Ahmed enfadado.
—¿Es que acaso es mentira? Serías el primero —continuó Gerardo—. No me olvido que fueron los tuyos los que trajeron esta plaga al país en vuestras pateras.
—Te he dicho ya un millón de veces que yo soy tan español como tú, gilipollas —le increpó Ahmed—. ¡Yo nací aquí!
—¿Queréis hacer el favor de bajar la voz? —repetí temiendo que cualquiera de esos grupos de muertos vivientes que se paseaban por la urbanización pudiera escucharnos.
—Si no se la quieres dar a él, dámela a mí —le pidió Nacho comenzando a hablar un poco más bajo—. Pero no vamos a permitir que lleves una escopeta cuando estás dispuesto a cometer un asesinato.
—¡No es un asesinato! ¿Es que no te enteras? —bufó Gerardo—. Ella está sufriendo y se va a morir, como se han muerto todos hasta ahora.
—¿Te quieres callar, gilipollas? —le insultó Nacho agarrándole de la camisa de manera amenazante.
—¿Pero tú qué te has creído, niñato? —le espetó él levantando la escopeta y apuntándole con ella al pecho—. Ni tú ni el moro delincuente podéis darme órdenes. ¿Quién coño os creéis que sois? ¿Creéis que lo sabéis todo? ¿No os dais cuenta de lo peligroso que es que siga viva?
—Baja esa arma —le pidió Nacho levantando las manos, visiblemente asustado—. Bájala tío.
—No tenéis ni idea —siguió Gerardo con su discurso—. Está herida, sangrando. Toca su sangre, utiliza el mismo cubierto, bebe de la misma botella… y estarás tan jodido como ella. ¿Es que no veíais la tele o qué?
Mientras apuntaba al pecho de Nacho, a su espalda Ahmed sacó poco a poco la pistola del cinturón. No sabía si sería capaz de hacer algo como lo que creía que iba a hacer, pero no quería averiguarlo.
—¡No! —le grité intentando evitar que disparara y que el ruido terminara atrayendo a los muertos de fuera.
Mi grito sirvió de advertencia a Gerardo, que giró la cabeza hacia él. Lejos de obedecerme, Ahmed terminó de desenfundar la pistola, y Nacho aprovechó para lanzarse contra la escopeta.
No supe como ocurrió, pero de repente se escuchó un tremendo disparo que nos hizo gritar tanto a Iván como a mí, y que me dejó los tímpanos doloridos. El cuerpo de Nacho se vio propulsado hasta chocar contra la pared, salpicando sangre por todas partes. Gerardo y Ahmed, conscientes de la desgracia que entre todos habían provocado, contemplaron con horror el destrozado pecho del Nacho, que perdió la vida casi instantáneamente debido al daño masivo sufrido.
—¡Joder! —exclamó Ahmed con los ojos como platos.
—¡Oh Dios! —dijo Diego apartando la mirada de su hijo de la escena.
Sólo Nuria, que me pareció que apenas era ya consciente de lo que ocurría a su alrededor, Gerardo, que se había quedado paralizado con la escopeta humeando en las manos, y yo, que todavía no me creía lo que acababa de ver, no tuvimos el ánimo suficiente como para decir nada.
—¡Te lo has cargado! —bramó Ahmed—. ¡Te lo has cargado, puto loco de mierda!
Quiso apuntarle con la pistola, pero di un paso al frente y le agarré el brazo con las dos manos, forcejeando con él hasta que logré que soltara el arma. Gerardo no fue capaz de reaccionar.
—¡No! —dije yo, que todavía estaba como en una nube, pero que quería evitar cualquier otra muerte innecesaria si era posible.
—¿Qué te pasa? ¿Es que no has visto lo que ha hecho? —me reprendió Ahmed señalándome el cuerpo envuelto en sangre de Nacho. Verle así era tan… descorazonador, todo había ocurrido demasiado deprisa como para asimilarlo, un minuto antes estábamos en la cocina hablando y en sólo un segundo todo había cambiado.
—Sí, lo he hecho —se reafirmó Gerardo como primera reacción a su crimen—. Lo he hecho, sí, no quería pero ya no hay marcha atrás. Lo hecho, hecho está.
—¿Lo hech…? ¿Es que has perdido el juicio tío? —le espetó Ahmed—. ¡Lo has matado!
—¡Así es! —bramó Gerardo fuera de sí, retrocediendo unos pasos hacia la ventana para tenernos a todos a la vista y encañonados con la escopeta.
Me agaché al lado del cuerpo de Nacho, aunque ya sabía que estaba muerto antes de que lograra encontrarle el pulso. Nadie podía sobrevivir a un disparo de escopeta a bocajarro como ese… no es que le hubiera dañado algún órgano vital, es que no debía haber dejado un órgano interno sano. Había visto auténticas carnicerías en las bocas de la gente mientras estudiaba odontología, pero aquello era muy distinto, aunque sólo fuera porque aquel amasijo sanguinolento pertenecía a un buen amigo.
—¡Lo he matado! ¡Y ha sido lo mejor! —seguía delirando Gerardo.
—¿Pero tú te escuchas hablar? —le preguntó Ahmed que, o bien tenía mucho valor, o era un inconsciente por plantarle cara a un enajenado con una escopeta que acababa de matar a otra persona—. ¡Devuélveme la pistola, Cris!
—¡No! —insistí yo cerrándole los ojos a Nacho con una mano temblorosa y llena de sangre.
—¿Es que no escuchas lo que este loco está diciendo? —insistió Ahmed.
—¡Sólo digo verdades, delincuente! —balbuceó el asesino sin dejar de apuntarnos con la escopeta—. No quería entrar en razón, y los juegos se han acabado, porque cuando juegas la gente muere. Hay que disparar a la chica, y si no estaba dispuesto a hacer lo que ha de hacerse, debería darme las gracias por haber muerto de un disparo y no comido por esos seres, que es como habría acabado siendo tan blando.
Aquello ya era demasiado. Me puse en pie, loca de ira, y sin importarme su escopeta y su locura incipiente me propuse decirle un par de verdades también a la cara… pero el sonido de la ventana rompiéndose me detuvo en seco. Al final, el ruido que habíamos hecho con los gritos y el disparo habían terminado atrayendo a los muertos vivientes, y un par de brazos grisáceos y putrefactos agarraron a Gerardo por la espalda, tirando de él hacia atrás.
El hombre lanzó un grito y la escopeta volvió a dispararse, aunque en esa ocasión fue la lámpara del techo la que se llevó todo el impacto. Diego agarró a Iván y corrieron hacia Ahmed y hacia mí, que mirábamos anonadados cómo unos resucitados comenzaban a colarse por la ventana, lanzándose a por Gerardo, mientras que otros se dedicaban a aporrear la puerta y las paredes del apartamento.
—¡Tenemos que salir de aquí! —dijo Ahmed cuando los muertos vivientes comenzaron a morder a Gerardo, que se retorcía y gritaba de dolor mientras aquellos seres lanzaban dentelladas contra él sin compasión alguna.
Diego e Iván no tardaron en obedecer y rápidamente salieron corriendo hacia el pasillo, en dirección a la cocina, donde había otra puerta que daba a la calle.
—¡Venga, vamos! —me urgió Ahmed cuando me vio allí plantada todavía.
—Pero… —protesté todavía aturdida por todo lo que estaba pasando.
—¡Vamos! —repitió echando a correr también.
Dos muertos se habían colado casi del todo dentro de la casa y lanzaban dentelladas contra Gerardo, cuyos gritos se habían convertido en un gorjeo amortiguado por la sangre después de que le mordieran en la garganta. Cuando la puerta del apartamento se abrió con un golpe fui consciente de que mi vida estaba en peligro, e instintivamente quise marcharme de allí.
—Cris… —gimió una voz desde el sofá.
Nuria había acumulado las fuerzas suficientes como para estirar una mano hacia mí, y por un momento me pareció que me estaba pidiendo ayuda… pero en seguida me di cuenta de que lo que sus ojos cada vez más vidriosos pedían no era ayuda, sino clemencia.
Con una mano temblorosa apunté a su cabeza con la pistola y disparé. El balazo la impulsó hacia atrás y salpicó sangre por todo el sofá, pero acabó con su vida de forma limpia, y no como estaba pasando con Gerardo.
—Lo siento. —murmuré con lágrimas en los ojos mirando por última vez a mis dos amigos muertos antes de salir del comedor, cerrando la puerta tras de mí para ganar unos segundos.
Secándome las lágrimas con la manga de la chaqueta, y tratando de reprimir todos los sentimientos que estaban surgiendo dentro de mí por haber matado a mi amiga, recorrí a toda prisa el pasillo hasta la cocina. Unos golpes se escucharon en la puerta que acababa de cerrar, pero no me preocupaban tanto como alcanzar a los demás antes de que los perdiera.
Cuando salí fuera, me encontré con que en la calle había un grupo de unos cinco resucitados siguiendo a Ahmed, Iván y su hijo, que corría de la mano de su padre.
—¡Cris! ¡Vamos! —me llamó Ahmed metiéndome prisa mientras regresábamos a uno de los coches en los que habíamos llegado hasta allí.
Con cinco muertos en medio me iba a ser difícil alcanzarles simplemente tratando de esquivarlos, de modo que tuve que volver a recurrir a la pistola. Aunque había llegado a familiarizarme mínimamente con las armas de fuego, en realidad el disparo anterior había sido la primera vez que usaba una de verdad, y por supuesto no había matado a un resucitado en toda mi vida.
Como tampoco tenía más opciones, con la pistola en la mano corrí detrás de los tres y, cuando tuve al primer resucitado lo bastante cerca como para empezar a sentirme insegura, me detuve para dispararle. Mientras intentaba apuntarle a la cabeza, los demás abrieron el coche y comenzaron a entrar dentro. El muerto viviente me vio y decidió que yo era un bocado más sencillo que los que corrían, de modo que se giró para venir a por mí.
La pistola tronó al apretar el gatillo, pero no le di… dos objetivos certeros en dos disparos habría sido demasiada suerte para un sólo día. Demasiado nerviosa para intentarlo de nuevo, simplemente me lancé contra él y lo empujé contra el suelo apartándolo de mi camino. Luego corrí como alma que lleva el diablo hacia el coche sin pararme mirar lo que hacían los demás.
—¡Esperadme! —les grité cuando vi que el vehículo comenzaba a moverse.
No sé si realmente tuvieron que pensarse el no dejarme atrás o sólo me dio la impresión debido a los nervios, pero juro que me pareció una eternidad lo que tardaron en detenerse para que pudiera alcanzar el asiento del copiloto.
—¡Dios! —exclamé con alivio cuando estuve dentro y volvíamos a ponernos en marcha, dejando atrás a los cinco resucitados y a la horda asesina que había invadido la casa.
Ninguno de los cuatro dijo nada más hasta que estuvimos fuera de aquella urbanización, de nuevo en la carretera rumbo a ninguna parte. Ahmed conducía, mientras que Diego e Iván ocupaban los asientos traseros. En lo que duró el trayecto cerré los ojos y traté de hacerme a la idea de que lo que acababa de ocurrir había sido completamente real, de que Nuria y Nacho estaban muertos, como Álvaro, como mi hermana, como mis padres, como la gente de la zona segura… como todo el maldito mundo.
Sólo volví a abrir los ojos cuando Ahmed detuvo el coche en el arcén de la carretera.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué te paras? —le pregunté al tiempo que me aseguraba de que no había ningún resucitado por los alrededores.
—Porque no sé a dónde vamos, y no quiero malgastar gasolina. —respondió él no sin razón.
—Quizá haya alguna casa solitaria por aquí —sugirió Diego—. Estamos bastante lejos ya de cualquier zona habitada, a lo mejor no hay más muertos vivientes.
—No es mala idea, ¿no te parece? —dijo Ahmed mirándome a mí, como si yo estuviera en posición de saber lo que era mejor o peor en ese momento, en el que me sentía insegura, vulnerable y, sobre todo, sola.
—¿Y luego? —pregunté volviendo a cerrar los ojos, porque no soportaba ver las manchas de la sangre de Nacho que tenía por toda la ropa.
—¿Luego? —repitió Ahmed sin comprender.
—Sí, mañana, pasado mañana, la semana que viene —dije mostrándole la pistola—. Esto no va a durar para siempre… ¡ni siquiera sé cómo se mira cuántas balas le quedan!
—El cargador tiene dieciséis balas, si cuando lo cogimos tenía once, pues quedan esas menos los dos disparos. —afirmó Ahmed.
—No me refiero a eso, lo que quiero decir es que necesitamos un lugar seguro, un lugar donde quedarnos. —intenté explicarme.
—¿Un lugar seguro? ¿Dónde? —preguntó Diego—. Ya lo habéis visto, todo lugar donde lo hemos intentado ha acabado siendo peor que quedarse en el camino.
—Tiene que haber algún lugar a salvo —le contradije yo, poco dispuesta a rendirme—. Estuvimos en uno hasta hace unos días. Las zonas seguras están construidas precisamente para esto, para mantenernos alejados de este horror, de lo que hay aquí fuera.
—Las zonas seguras no son tan seguras como parecía. —objetó Ahmed dubitativo.
—Eso… tiene que haber sido algo excepcional, un fallo de seguridad o algo así, pero en ningún otro lugar vamos a tener lo que teníamos en ellas: protección de los militares, comida, agua, camas. —quise hacerles ver.
Si me hubieran dicho que iba a estar defendiendo las zonas seguras sólo una semana antes, me habría reído a carcajadas… o lo habría hecho si le hubiera encontrado la gracia, porque las zona seguras eran antros donde vivíamos hacinados y sin casi de nada. Pero comparado con la vida fuera de ellas, eran un hotel cinco estrellas.
—La más cercana debería ser la de Murcia —comentó Ahmed mirando hacia la carretera—. Pero las zonas seguras están dentro de las ciudades.
—Creo que todos vimos lo que es meterse en una ciudad —nos recordó Diego desde el asiento trasero del coche—. Es una muerte segura.
En eso tenía razón, y no sólo lo decía por él mismo. Perder a su mujer le había destrozado por completo, pero el momento iba aguantando el tipo, aunque sólo era cuestión de tiempo que volviera a derrumbarse, igual que también acabaría haciéndolo yo. Lo decía también por su hijo, que acababa de ver morir a su madre de una forma horrible. Era demasiado pequeño para haber experimentado algo así, y no quería ni pensar en cómo podía haberle marcado de cara al futuro.
—¿Tenemos todavía el mapa de carreteras? —le pregunté a Ahmed, que me señaló la guantera del coche.
La abrí y extraje un amplio mapa que habíamos cogido de una gasolinera donde intentamos repostar sin mucho éxito el día anterior. Aquel mapa me gustaba porque incluía hasta el último detalle en cuanto a las carreteras de toda la zona de la costa mediterránea, lo cual nos había sido muy útil para movernos en coche sin meternos en algún núcleo urbano que, como bien había indicado Diego, seguramente estaría invadido.
—Deberíamos haber cogido el coche de Gerardo. —lamentó Ahmed.
El coche que conducía Gerardo cuando llegamos a los apartamentos era más grande, más nuevo y resistente que en el que íbamos los cuatro, pero las llaves debían estar en el estómago de un muerto viviente en esos momentos.
—Mira, hay caminos que rodean la laguna que tenemos aquí al lado mismo —le mostré a ambos en el mapa—. Es fácil moverse por los caminos secundarios hasta el embalse, luego salimos de la Comunidad Valenciana y seguimos hasta… Llano de Brujas. No debería costarnos movernos por la huerta murciana. Podemos llegar allí hoy mismo y buscar refugio en alguna casa de campo, mañana tendríamos todo el día para ver cómo llegamos a la zona segura.
—¿Sabes dónde la instalaron? —preguntó Ahmed mirando el mapa con atención.
—Creo que yo sí —intervino Diego—. Escuché en la radio que estaba en la zona de la plaza de toros.
—¡Ostia! Eso está cerca —exclamó Ahmed con entusiasmo—. Mira, pasamos Puente Tocinos por el sur y básicamente es cruzar unas pocas calles. Podemos hacerlo.
—Papá, tengo mucha hambre. —se quejó Iván acurrucándose contra su progenitor.
—¿Nos queda algo de comer? —le pregunté a Ahmed.
Lo cierto era que yo también tenía mucha hambre, aunque era incapaz de saber cuánto tiempo llevaba sin comer porque no recordaba cuándo lo había hecho por última vez. En el estado de aturdimiento emocional permanente en el que me encontraba, no sabía cuándo había dormido, cuándo había comido ni nada de nada. Sabía que la última comida me la había saltado, pero no habíamos tenido comidas regulares, así que eso podía significar muchas cosas.
Aun con hambre, dudaba que fuera a poder digerir algo. Cada vez que se producía una muerte era como si algo me bloqueara el estómago durante el resto del día, y aún no habíamos tenido un día sin que alguien muriera.
—Si hay algo comestible estará en el maletero, pero creo que la mayor parte de las cosas también iban en el coche de Gerardo —respondió Ahmed con pesimismo.
—Mira a ver, no nos vendrá mal comer algo —le indiqué—. Una vez en la huerta de Murcia, podremos buscar en la casa que nos metamos algo de cenar.
—¿Has oído hijo? Sólo aguanta un poco. —le consoló su padre.
Me quedé estudiando el mapa hasta que Ahmed regresó del maletero con una caja de galletas y un botellín de medio litro de agua a mitad.
—Es todo lo que tenemos —dijo abriendo la caja—. Galletas para todos.
No sabía si era por el hambre, pero al morder una esquinita de la que me ofreció sentí que aquél era el mejor sabor del mundo. No había nada como el azúcar para los pesares, de eso no cabía duda, y tampoco para desbloquear el estómago. Aunque había tenido que forzarme a dar el primer bocado, terminé comiéndome todas las galletas que me correspondían, y me sentaron divinamente. Por lo menos ya no me desmayaría por matarme de hambre.
—No puedo creer que vayamos a meternos en una zona segura otra vez —exclamó Ahmed cuando volvió a arrancar el coche, teniendo ya un rumbo fijado.
—Paso a paso —le tranquilicé—. Primero vamos a intentar encontrar un lugar donde poder descansar una noche en condiciones.
—¿Creéis que todo volverá a ser como antes alguna vez? —nos preguntó al apretar el acelerador, poniéndonos de nuevo en camino—. Después de lo que ha pasado, la gente que ha muerto, esos seres… ¿creéis que nos recuperaremos de esto?
—Ni aunque todo se recuperase volvería a ser como antes —contestó Diego mirando el paisaje y al mismo tiempo acariciando el rubio cabello de su hijo—. Algunas cosas… no tienen remedio ya.
No me fue difícil adivinar que estaba hablando de su mujer, de la madre de su hijo, a la cual no había tenido un respiro para llorar todavía.
“¿Y quién lo ha tenido?” pensé yo recordando la larga lista de seres queridos a los que tenía que llorar también. De hecho no quedaba nadie por quien no tuviera que llorar. En realidad, las únicas personas que alguna vez conocí y que seguían con vida estaban dentro de aquel coche en ese mismo instante.
—No veo de qué forma esto podría llegar a arreglarse —respondí a la pregunta de Ahmed—. Mira cómo está todo, Alicante ha sido arrasada, no hemos encontrado una mísera persona viva en toda la costa, y ni una sola emisora de radio sigue emitiendo.
Era cierto, lo habíamos comprobado nada más salir de la ciudad. Por más que buscamos en la radio de los coches, no hubo manera de sintonizar absolutamente nada… era como si el mundo se hubiera quedado en silencio de repente, y aquello resultó casi tan desalentador como la pésima situación en la que nos encontrábamos.
El coche aceleró y nos encaminamos hacia un nuevo destino. Tener un objetivo hacía que todo fuera un poco más fácil, que todo tuviera más sentido. La mera sensación de estar dirigiéndonos a alguna parte era tan reconfortante que incluso fui lo bastante optimista como para pensar que no moriría nadie más antes de llegar a la zona segura.
Además, después de varios días cubiertos por las nubes estaba empezando a salir el sol, y eso tenía que significar algo.